Mientras los fenómenos meteorológicos extremos aceleran la inflación alimentaria mundial, Slow Food insta a los gobiernos, previo a la COP31, a invertir en sistemas alimentarios agroecológicos para proteger las cosechas, apoyar a los ganaderos y construir sistemas alimentarios resilientes.
La comida se está encareciendo por una razón que muchos consumidores aún no perciben. Cada vez más, el precio en los estantes de los supermercados refleja el efecto combinado de pérdidas de cultivos relacionadas con el clima, tensiones geopolíticas, mayores costos de energía e insumos y alteraciones en el comercio global. Aunque los conflictos y las interrupciones en las cadenas de producción siguen desestabilizando los mercados internacionales, el clima extremo impone una presión creciente sobre las cosechas y los suministros de alimentos. A medida que los eventos climáticos se vuelven más frecuentes y graves, su impacto recorre todo el sistema alimentario y llega tanto a los ganaderos como a los consumidores en todo el mundo.
Para Slow Food, la nueva ola de inflación alimentaria revela la fragilidad de un modelo basado en un número limitado de cultivos, costosos insumos externos y largas cadenas de producción concentradas. La agroecología representa una alternativa concreta, permitiendo que los ganaderos resistan los choques climáticos y económicos, al tiempo que protegen la biodiversidad y fortalecen los sistemas alimentarios locales.
“El cambio climático ya no es sólo un tema ambiental; la subida en los precios de la comida es uno de los costos más visibles del fracaso climático”, afirma Edward Mukiibi, presidente de Slow Food. “Cuando las sequías destruyen las cosechas, las inundaciones dañan los cultivos y la volatilidad del clima afecta el sustento de los ganaderos, la factura no se queda sólo en el campo. Llega a los mercados locales, eleva los precios y golpea con más fuerza a los hogares que menos pueden pagar por comida. Los gobiernos siguen buscando soluciones temporales, mientras ignoran alternativas que ya están funcionando en terreno. En nuestra red, especialmente a través de las Fincas Slow Food, las comunidades locales demuestran cada día que es posible producir alimentos de manera rentable, ecológica y justa. Al reducir la dependencia de insumos costosos, fortalecer las cadenas de producción locales y proteger la biodiversidad, estos ganaderos están construyendo resiliencia real frente al clima. No necesitamos inventar nuevas soluciones. Lo que necesitamos es voluntad política para apoyar y expandir las que ya existen”.
Los choques climáticos generan una doble carga: bajan el ingreso de ganaderos y al mismo tiempo elevan los precios para los consumidores. Pero el impacto no es igual para todos. En el mundo, las consecuencias del aumento de precios varían, pero siempre afectan más a quienes tienen menos seguridad económica. Mientras algunos hogares enfrentan mayor presión sobre sus presupuestos, otros caen en inseguridad alimentaria y hambre.
Estas crisis también ponen de manifiesto los riesgos de un sistema alimentario cada vez más dependiente de pocas materias primas globales, rutas de comercio y grandes corporaciones. La concentración corporativa no genera por sí sola choques climáticos, geopolíticos o energéticos, pero sí puede amplificar sus efectos. Según el Agribusiness Atlas 2026, las empresas predominantes pueden ejercer mayor influencia sobre los precios y obtener ganancias desproporcionadas durante las crisis, ampliando la brecha entre lo que ganan los ganaderos y lo que pagan los consumidores.
Tras el impacto de la guerra en Ucrania, por ejemplo, el precio de los fertilizantes se triplicó y las nueve compañías más grandes del sector triplicaron sus utilidades respecto a los niveles previos a la pandemia. Durante ese mismo periodo, 65 millones de personas más enfrentaron inseguridad alimentaria grave.
La última ola de inflación alimentaria es una advertencia: la resiliencia ya no puede dejarse de lado; es un requisito para la seguridad alimentaria. Construir esa resiliencia exige no sólo cambios en la producción agroalimentaria, sino también mercados más diversos, cadenas de producción justas y una mejor distribución del poder y el valor en todo el sistema alimentario.
La ciencia detrás de la agroecología
Un estudio reciente publicado en Scientific Reports, a partir de datos de más de 30.000 hogares agrícolas en 17 países, concluyó que implementar más prácticas agroecológicas se relaciona con niveles más bajos de inseguridad alimentaria. Pero la agroecología no termina en el campo. La evidencia también señala la importancia de las redes alimentarias locales y regionales para facilitar el acceso a comida saludable y apoyar a productores de pequeña escala. Como subraya IPES-Food recientemente, los mercados públicos, cooperativas, ventas directas y redes alimentarias comunitarias desempeñan un papel fundamental en la seguridad alimentaria y la resiliencia, especialmente para comunidades de bajos ingresos en África, Asia y América Latina.
Al conectar más directamente a productores y consumidores, los mercados territoriales pueden ayudar a los ganaderos de pequeña escala a conservar más valor de su trabajo y mejorar el acceso comunitario a alimentos frescos y saludables. Además, representan una alternativa a los sistemas de distribución muy concentrados, en los que unas cuantas empresas tienen un fuerte control sobre los precios y el acceso al mercado.
En conjunto, estos hallazgos muestran la necesidad de ir más allá de las prácticas individuales y apoyar los sistemas alimentarios agroecológicos como un todo: desde la producción de alimentos hasta su distribución, venta y acceso para las comunidades.
Cómo son los sistemas alimentarios resilientes al clima
Dentro de la red Slow Food, ganaderos y comunidades ya muestran cómo se vive la resiliencia climática en la práctica. En Argentina, productores agroecológicos restauran ecosistemas y mejoran la sostenibilidad económica de sus explotaciones. En República Democrática del Congo, las comunidades protegen semillas tradicionales, fortalecen la soberanía alimentaria y resguardan el conocimiento autóctono. En Tailandia, cultivadores de café trabajan de forma colectiva para mantener el control sobre la tierra, el agua y las semillas, y para reducir la dependencia de mercados agrícolas cada vez más volátiles. En Grecia, ganaderos emplean prácticas agroecológicas para cuidar la salud del suelo y proteger la biodiversidad.
El conjunto de estas experiencias demuestra cómo las soluciones arraigadas en lo local fortalecen sistemas alimentarios resilientes y por qué invertir en agroecología debe ser parte de la respuesta frente a las presiones climáticas, geopolíticas y económicas que impulsan la inflación alimentaria.
“El Programa Mundial de Alimentos de la ONU advirtió recientemente que decenas de millones podrían enfrentar inseguridad alimentaria aguda por eventos climáticos combinados como El Niño”, añade Mukiibi. “La seguridad alimentaria no se trata sólo de producir más. Implica garantizar acceso a comida saludable para todos, asegurar un ingreso justo a los ganaderos y construir sistemas alimentarios que no colapsen ante el estrés climático. La agroecología une todos estos elementos, protege la biodiversidad, preserva las culturas alimentarias y asegura derechos territoriales. Si el cambio climático sigue elevando los precios de la comida, junto con las tensiones geopolíticas y las fluctuaciones en energía y comercio, los sistemas alimentarios deben estar en el centro de las negociaciones climáticas. A medida que los gobiernos se preparan para la COP31, tienen la oportunidad de pasar de los discursos a la acción e invertir en la transición agroecológica que ya muchas comunidades están implementando en terreno”.
Con líderes globales preparándose para la COP31, Slow Food insta a los gobiernos a reconocer la agroecología como una estrategia clave de adaptación climática. Esto implica redirigir el apoyo agrícola hacia sistemas locales diversificados, basados en la biodiversidad, y también invertir más allá del campo en mercados locales y regionales, cadenas de producción cortas y sistemas de distribución que conecten directamente a los productores y consumidores.
También significa enfrentar la excesiva concentración corporativa y crear mercados más justos donde los ganaderos tengan mayor poder de negociación y las comunidades estén menos expuestas a choques climáticos, geopolíticos y energéticos.
