Si nos comparamos con una imagen es porque el cerebro no evalúa si una imagen es real antes de usarla como parámetro de comparación; la procesa, la mide contra la referencia que tiene guardada de lo aceptable y reacciona de forma automática, como si estuviera frente a un cuerpo real.
Esa es la razón por la que una fotografía editada no es un dato inofensivo: es información que el sistema nervioso trata como cierta, y que usa para decidir, en segundos, si el propio cuerpo “está a la altura o no”.
Este fenómeno se está documentando como dismorfia corporal inducida por redes sociales y ya está siendo un tema de mucha conversación. Un estudio experimental publicado en la revista Media Psychology expuso a un grupo de adolescentes a fotografías de Instagram manipuladas y a otro grupo a las mismas fotografías sin editar. Quienes vieron las imágenes editadas reportaron una (auto)imagen corporal significativamente más baja de forma inmediata, un efecto que se intensificó en las adolescentes con mayor tendencia a compararse con otras personas. No fue necesario exponerlas durante horas ni semanas: una sola fotografía retocada bastó para modificar cómo se percibían a sí mismas.
Una investigación publicada en 2025 en la revista Nutrients encontró un patrón similar en población adulta: el 37% de los participantes reportó una caída en su autoestima tras estar expuesto a imágenes corporales idealizadas en redes sociales, y el 47% reconoció compararse con esos cuerpos de forma habitual. El problema, entonces, no distingue edad: distingue exposición.
Para Rocío Santibáñez, psicóloga y especialista en Reingeniería Humana, una imagen editada no compite con el cuerpo de quien la ve: compite con la idea de lo que ese cuerpo debería ser.
“Esa comparación no ocurre en un nivel racional donde yo puedo simplemente decidir ignorarla. Ocurre en un nivel automático, el mismo que se activa cuando algo se percibe como una amenaza. Por eso una fotografía retocada puede generar una reacción de rechazo hacia el propio cuerpo, aunque racionalmente yo sepa que esa imagen no es real”, explica.
Para la especialista, ahí está el límite de las estrategias que reducen el problema a repetirse frases de aceptación.
“Decirle a alguien que se ame a sí misma, cuando su sistema nervioso sigue calibrado para detectar una amenaza cada vez que ve un cuerpo editado, es pedirle que resuelva con un discurso algo que no se generó con un discurso. La afirmación llega después de que la reacción ya ocurrió; no interviene en el momento en que se produce. El trabajo no es agregar una frase encima del malestar: es intervenir en el proceso automático que lo genera, antes de que la persona alcance a pensar nada”, afirma.
Desde este enfoque, el objetivo no es forzar una aceptación inmediata del cuerpo, algo poco realista cuando el malestar está arraigado, sino trabajar hacia un estado de neutralidad corporal: dejar de evaluar el cuerpo propio y ajeno bajo la etiqueta de bueno o malo.
“La neutralidad corporal no es aceptación forzada ni indiferencia. Es quitarle a cualquier imagen — editada o real — el poder de decidir si hoy tengo permiso de sentirme bien conmigo misma”, señala Santibáñez.
Desprogramar un detonante estético no depende de fuerza de voluntad: depende de reducir la frecuencia con la que el sistema nervioso practica esa reacción y de entrenarlo para responder distinto. Con base en ese principio, Santibáñez recomienda tres pasos concretos:
- Auditoría de contenido: identificar y dejar de seguir cuentas cuyo contenido dispare comparación de forma sistemática, no como castigo, sino porque cada exposición repetida refuerza el circuito de comparación.
- Pausas de presencia física: sustituir tiempo de pantalla por actividades que devuelvan la atención al cuerpo tal como es y no a cómo se ve — movimiento, respiración, contacto con el entorno — para darle al sistema nervioso referencias distintas a las de la pantalla.
- Cuestionamiento activo de lo que se ve: recordar, de forma consciente y repetida, que el contenido en TikTok e Instagram responde a iluminación, ángulo y edición — no para negar el malestar que produce, sino para que la mente vuelva a distinguir entre una imagen construida y una realidad.
El cuerpo no es un feed. Mientras se siga usando una fotografía editada como parámetro de comparación, se seguirá generando una reacción de amenaza frente a algo que nunca debió compararse con nada. La neutralidad corporal no promete que esas imágenes dejen de aparecer: promete que, cuando aparezcan, dejen de tener la autoridad de decidir cómo nos sentimos con nuestros cuerpos.
