La sustentabilidad dejó de ser un valor agregado en la industria de la construcción para convertirse en una condición de negocio. En 2026, la presión regulatoria y la exigencia del mercado están llevando a desarrolladores y constructoras a integrar diseños de baja huella de carbono desde la fase de planeación, mientras los criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG) se consolidan como un factor que incide directamente en el valor de los activos inmobiliarios.
De acuerdo con estimaciones de IMARC Group, el mercado de materiales de construcción ecológicos en México alcanzó un valor de 357.8 millones de dólares en 2025 y se proyecta que llegue a poco más de 1,000 millones de dólares para 2034, con un crecimiento anual compuesto cercano al 12%. En la misma línea, el Barómetro de la Construcción Sostenible de Saint-Gobain (mayo 2026) encontró que 55% de los actores del sector en México ya reconoce que la construcción sostenible genera valor tangible en los proyectos, una proporción superior al promedio global (47%) y al de América Latina (50%).
A esto se suma un nuevo factor de presión regulatoria: desde abril de 2025, el Gobierno de la Ciudad de México puso en marcha un impuesto a las emisiones de gases contaminantes que grava a las fuentes fijas industriales con una tarifa de 58 pesos por tonelada de CO2 equivalente emitida, replicando un esquema ya adoptado previamente en el Estado de México. Es la primera medida de este tipo en el Valle de México y anticipa el rumbo que podría tomar la regulación ambiental en otras entidades del país.
«Este tipo de medidas confirma que la sustentabilidad dejó de ser un tema de imagen para convertirse en un factor que las empresas deben incorporar en sus decisiones de inversión, porque incide directamente en el valor y la vigencia de sus proyectos», señala Ricardo Rojas, Gerente de Marketing de Imperquimia.
Innovación frente al reto ambiental
En paralelo, la industria química de la construcción trabaja en la reducción de Compuestos Orgánicos Volátiles (COV), sustancias reguladas en México desde hace más de dos décadas por normas oficiales que limitan su presencia en pinturas y recubrimientos. Solo en la Ciudad de México, las actividades que utilizan solventes orgánicos como la aplicación de recubrimientos arquitectónicos generan más de 100 mil toneladas anuales de estas emisiones, un factor que incide directamente en la calidad del aire y la salud pública.
En este contexto, Imperquimia ha orientado parte de su desarrollo de producto hacia formulaciones con bajo o nulo contenido de COV, como una de las rutas más concretas para que constructoras y desarrolladores avancen en sus metas ambientales sin comprometer el desempeño de sus proyectos.
Con las certificaciones internacionales como LEED consolidándose como un estándar cada vez más solicitado por inversionistas y desarrolladores, el sector enfrenta una transición donde la sustentabilidad ya no compite con la rentabilidad: la determina.
