La escala de la vulnerabilidad urbana global es abrumadora. Más de 770 millones de personas viven a menos de cinco metros por encima de la línea de marea alta, zonas que estarán altamente expuestas a a los efectos del calentamiento global. Con proyecciones de que se supere el umbral global de 1.5 ºC al final de la década, los efectos del “Super Niño” podrían intensificar fenómenos naturales y agravar los riesgos para las comunidades costeras. En México este es también un problema latente, ya que cerca del 15% de su población vive en la zona costera.

En el contexto del Día Mundial de las Ciudades, celebrado el pasado 31 de octubre, el lema global «Regenerando la ciudad» establece un imperativo: las ciudades no pueden seguir gestionándose mediante el crecimiento inercial del desarrollo económico y la atención de lo urgente. La discusión también exige mirar más allá de las calles y los edificios: impulsar la implementación de soluciones basadas en la naturaleza desde la ciencia y los conocimientos locales, los procesos participativos interculturales y el acceso a la información para la durabilidad de los beneficios y economías circulares e interconectadas son algo que debemos tener siempre presente.

El costo global de perder la infraestructura natural

El cambio climático está modificando las condiciones bajo las cuales funcionan las ciudades. La tasa de elevación del nivel medio del mar pasó de un promedio de 4.7 mm anuales entre 2014 y 2023 a una cifra récord de 5.9 mm en 2024. Simultáneamente, a nivel planetario, 2,100 millones de personas carecen de acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. A su vez, persiste una desigualdad poco abordada para lograr la seguridad hídrica: la de género. En el 70% de los hogares que carecen de acceso directo al agua, son las mujeres quienes se encargan de recogerla y de gestionar su uso, destinando 250 millones de horas cada día a nivel mundial.

Por otro lado, la degradación ambiental agrava estos riesgos al reducir la capacidad natural del territorio para absorber agua, proteger las costas y moderar temperaturas. Los ecosistemas como los manglares o las dunas costeras pueden reducir en gran medida la energía del oleaje y protegen a las comunidades costeras. De acuerdo con datos de Naciones Unidas, en junio de 2026 comenzó un nuevo episodio de El Niño de fuerte intensidad, con proyecciones de anomalías de temperatura global de entre 1.3 °C y 1.9 °C por encima de los niveles preindustriales para el periodo 2026–2030.

Lo anterior ha intensificado fenómenos meteorológicos extremos y a su vez los riesgos potenciales para la seguridad hídrica y las comunidades, en especial las costeras. Hoy cerca de 1 de cada 10 personas a nivel mundial están expuestas al litoral.

“En las ciudades debemos avanzar en estrategias integrales de mitigación y adaptación frente al cambio climático y fenómenos meteorológicos como El Niño, que se basen en evidencia científica y en soluciones basadas en la naturaleza, nutriéndose de la participación y el conocimiento de las comunidades locales”.

– Andrés Morales, UNESCO México

En México, más de 58 millones de personas vivirán en zonas costeras para 2030. Las ciudades del norte y noroeste enfrentan condiciones especialmente complejas por la disponibilidad limitada de agua y la variabilidad de las precipitaciones. En las localidades costeras, estas presiones conviven con riesgos asociados a huracanes, inundaciones y crecimiento urbano.

La Paz, Baja California Sur, permite observar cómo convergen estos desafíos. Ubicada en una de las regiones con mayor estrés hídrico del país, su posición geográfica también la expone a huracanes provenientes del Pacífico. A ello se suma un crecimiento poblacional del 16.2% entre 2010 y 2020 (INEGI), que incrementa la demanda de vivienda, agua y servicios públicos.

En una ciudad cuya economía está estrechamente vinculada con el turismo y sus recursos naturales, estas presiones evidencian la necesidad de un modelo de desarrollo urbano que concilie el crecimiento económico con la conservación de los ecosistemas que sostienen su prosperidad y resiliencia. Habiendo sido nombrada por la UNESCO como integrante de la Red Mundial de Ciudades del Aprendizaje, La Paz tiene grandes retos, pero también un ecosistema de expertos que buscan atender las necesidades de la comunidad.

Un estudio de la NASA proyecta que para 2100 cerca del 77% de las cuencas costeras del mundo podrían enfrentar intrusión salina en sus acuíferos. Favorecer que el agua de lluvia se infiltre en el suelo, en lugar de escurrir rápidamente al mar, ayuda a sostener los niveles del acuífero, que son la principal barrera natural frente al avance del agua salina.

“En cuencas áridas como la de La Paz, cada lluvia cuenta. La infraestructura natural, como las obras de piedra en los arroyos, la vegetación y los suelos vivos, reduce la velocidad del agua, frena la erosión y la mantiene más tiempo en el territorio, donde puede infiltrarse. Para una ciudad costera que depende de su acuífero, acelerar estas soluciones es una forma concreta de prepararnos para eventos extremos como El Niño”.

– Alejandra Campos, gerente de Restauración Ecohidrológica de Cuencas Áridas

del CEAAZA (Innovaciones Alumbra)

El desafío no consiste únicamente en hacer de una ciudad sostenible económicamente, sino sustentable para garantizar el futuro de sus habitantes.

Regeneración en la práctica: soluciones que ya se están aplicando

Distintas ciudades han comenzado a tratar los ecosistemas como parte de su infraestructura. El marco de resiliencia para entornos costeros y urbanos desarrollado por ICLEI (Gobiernos Locales por la Sostenibilidad) demuestra que la revitalización efectiva requiere trascender la ingeniería hidráulica tradicional basada exclusivamente en tubos y muros de concreto.

Por su parte, la UNESCO avanza con su mandato de promover la ciencia y los conocimientos locales para la conservación del medioambiente. Moviliza la investigación y soluciones basadas en la naturaleza para que ayuden a la restauración ambiental y la conservación de los territorios y las poblaciones. Para ello, ha sido clave crear alianzas y abordar la relación entre las zonas urbanas, periurbanas y rurales y la transición de las intervenciones fragmentadas a modelos de planificación territorial integrados.

Otro ejemplo es justamente La Paz. El ayuntamiento ya reconoce el reto y propone instrumentos de infraestructura verde para atender esta situación. Desde la iniciativa privada, en la cuenca de Los Planes, al sureste de la capital sudbajacaliforniana, el Centro de Estudios Aplicados de Agua en Zonas Áridas (CEAAZA) impulsa obras de restauración, como gaviones y presas de piedra acomodada, que frenan el agua en los arroyos, conservan el suelo y favorecen la recuperación de la vegetación

La experiencia internacional y las prioridades identificadas en La Paz apuntan hacia una misma conclusión: las ciudades necesitan planear su crecimiento en colaboración con la sociedad civil y la iniciativa privada, considerando tanto la infraestructura construida como los sistemas naturales de los que dependen.

La regeneración urbana en México requiere de una perspectiva integral donde se vincule la evidencia científica y los procesos de participación comunitaria en cada decisión para lograr un futuro verdaderamente sostenible que blinde a la humanidad y nuestro planeta.

  • Andrés Morales, UNESCO México

Regenerar una ciudad no significa únicamente renovar edificios o ampliar servicios. También supone proteger las cuencas, suelos y ecosistemas que permiten mantenerlos. En territorios donde el agua es limitada y el crecimiento continúa, esa relación puede determinar la viabilidad del desarrollo a largo plazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *