A finales del siglo XIX, los periódicos mexicanos comenzaron a describir el suicidio como una “epidemia”, lo que generó debates médicos, jurídicos y morales sobre sus causas. En el libro De la vida que reniego. Suicidio y suicidas en la Ciudad de México, del Porfiriato a la posrevolución, la doctora María Graciela León Matamoros confronta esas interpretaciones con testimonios y registros judiciales para analizar las condiciones sociales que rodeaban estas muertes.
La obra se presentó en el Centro Cultural Casa del Tiempo, en el marco de las novedades editoriales de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
En la mesa intervinieron el doctor Mario Barbosa Cruz, profesor del Departamento de Humanidades de esa sede universitaria; la doctora Sara Minerva Luna Elizarrarás, investigadora del Centro de Estudios de Género de El Colegio de México, y Daniel Herrera Rangel, doctor en Historia por esa institución. El maestro Luis Eduardo Hernández Huerta, de la UAM, moderó la sesión.
En su intervención, Barbosa Cruz destacó la amplitud del trabajo documental. Según explicó, León Matamoros revisó mil 218 periódicos, en los que localizó mil 702 casos de personas que intentaron quitarse la vida o murieron por esta causa. A ese acervo se sumaron 178 expedientes judiciales con declaraciones de familiares y vecinos, dictámenes médicos y diversas notas de despedida.
La autora contó que su interés por el tema surgió al preguntarse qué expresaban las personas en esos últimos escritos, a quién se dirigían y qué circunstancias rodeaban sus decisiones. Al acudir a los archivos judiciales, encontró que las notas eran escasas, por lo que amplió la búsqueda a otras fuentes para conocer el contexto de cada caso.
Su propósito, dijo, no fue reconstruir por completo la vida de quienes aparecen en los documentos, pues estos no siempre lo hacen posible, sino examinar sus relaciones, conflictos, obligaciones y formas de sufrimiento. “Así como la memoria puede ser colectiva, el sufrimiento también puede serlo”, expresó al referirse a la influencia de la clase social, el género, la violencia y la precariedad.
El académico subrayó la distancia entre las explicaciones difundidas por los periódicos y las circunstancias descritas en los registros judiciales. Algunas publicaciones atribuían los suicidios al alcoholismo o a las decepciones amorosas, los expedientes, en contraste, permitían explorar situaciones sociales más complejas.
Por su parte, Sara Luna advirtió que las interpretaciones variaban según el género. Los hombres podían ser calificados como débiles o cobardes, aunque en ciertos casos sus actos se asociaban con el honor. Para las mujeres, en cambio, eran frecuentes las explicaciones relacionadas con la histeria, la neurastenia y la honra femenina.
Daniel Herrera resaltó que la investigación recupera a personas poco estudiadas por la historiografía y las presenta como sujetos con historias propias, sin reducirlas a los estigmas de su época.
Publicado por la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Cuajimalpa, el volúmen aborda las tensiones sociales que marcaron la Ciudad de México en el Porfiriato y la posrevolución. Desde ese recorrido, León Matamoros invita a cuestionar los prejuicios que persisten en torno al suicidio y a reconocer que ninguna explicación por sí sola permite comprender todas las experiencias.
