Comprar en línea toma apenas unos minutos. Detrás de cada clic, sin embargo, comienza un recorrido físico que termina en calles y avenidas: preparar el pedido, transportarlo y completar la última etapa hasta llegar a manos del consumidor. A unos días del Día Mundial de las Ciudades, que se conmemora cada 31 de octubre, ese recorrido pone sobre la mesa una pregunta:
¿cómo mover un volumen creciente de mercancías dentro de las ciudades de manera eficiente?
La escala de esa operación crece junto con el comercio electrónico. En México, las ventas online retail alcanzaron durante 2025 un valor de 941 mil millones de pesos y 77.2 millones de compradores digitales, mientras que el canal ya representa 17.7% de las ventas minoristas del país, de acuerdo con el Estudio de Venta Online 2026 de la Asociación Mexicana de Venta Online (AMVO).
Este crecimiento abre oportunidades para empresas y consumidores, pero también pone mayor atención sobre la última milla. Para las compañías implica coordinar rutas, vehículos, capacidad de carga, tiempos y costos; para las ciudades, supone pensar cómo esta actividad convive con el tránsito, el ruido y las emisiones asociadas al transporte.
“El comercio electrónico parece digital hasta que llega el momento de entregar. Cada compra termina convirtiéndose en una operación física que necesita un vehículo, una ruta y energía para llegar a su destino.
A medida que crecen las entregas, el desafío es aumentar la capacidad logística sin que el impacto de la operación crezca en la misma proporción”, señala Anel Hernández, directora de Marca de BYD Trucks México.
La ruta antes que el vehículo
La distribución urbana tiene características particulares: recorridos dentro de zonas determinadas, múltiples paradas y, en muchos casos, unidades que regresan a un centro de distribución al terminar su jornada. Esto permite conocer con mayor precisión variables como kilometraje diario, horarios de operación, capacidad requerida y ventanas disponibles para carga.
A diferencia de otras operaciones donde las rutas pueden variar considerablemente de un día a otro, en la última milla la recurrencia de ciertos trayectos puede dar a las empresas mayor visibilidad sobre el comportamiento de sus unidades. Saber cuántos kilómetros recorren, cuánto tiempo permanecen en circulación y en qué momento regresan a una base permite evaluar con mayor precisión dónde podría integrarse un vehículo eléctrico sin alterar la continuidad de la operación.
Por ello, evaluar la electrificación de la última milla comienza por entender la operación. No se trata únicamente de conocer la autonomía de un vehículo, sino de determinar cuánto recorre diariamente, qué carga transporta, cuánto tiempo permanece detenido y dónde puede recargarse. La infraestructura y los costos de energía y mantenimiento también forman parte de la ecuación.
La planeación de la carga adquiere aquí un papel central. Si una unidad regresa diariamente a un centro de distribución y permanece detenida durante varias horas, ese tiempo puede convertirse en una ventana de carga previamente programada. En cambio, una operación con recorridos impredecibles o sin acceso regular a infraestructura requiere un análisis diferente. De ahí que la electrificación no responda a una fórmula única, sino a las condiciones específicas de cada flota.
En este tipo de recorridos, los vehículos eléctricos ofrecen además características relevantes para los entornos urbanos: durante su operación no generan emisiones por el escape y, a bajas velocidades, producen menos ruido asociado al tren motriz que los vehículos de combustión. Estas características adquieren especial relevancia cuando buena parte de la distribución ocurre cerca de zonas residenciales, comercios y otros espacios de alta actividad urbana.
La BYD Cargo Van V9, por ejemplo, es una van 100% eléctrica orientada a operaciones de distribución urbana. Cuenta con hasta 350 kilómetros de autonomía, capacidad de carga de hasta 1,350 kg y 17 m³ de volumen, lo que permite analizar su incorporación en diferentes rutas de reparto de acuerdo con las necesidades de cada empresa.
La unidad incorpora además Blade Battery, con una garantía de 8 años o 500,000 kilómetros, un elemento que puede formar parte del análisis del TCO al momento de proyectar la operación de una flota en el largo plazo.
“No todas las rutas ni todas las flotas tienen que electrificarse al mismo tiempo. Cuando una empresa conoce cuánto recorren sus unidades, dónde terminan su jornada, cuánto tiempo permanecen detenidas y cuál es el costo de operar cada kilómetro, puede identificar dónde tiene sentido comenzar. La transición debe responder al negocio y crecer junto con la operación”, agrega Hernández.
La evolución de la última milla, por tanto, no pasa únicamente por incorporar nuevos vehículos. También implica planear rutas, infraestructura, tiempos de carga y costos como parte de un mismo sistema logístico, de manera que la tecnología responda a las necesidades reales de distribución y pueda escalar conforme evoluciona la operación.
En un país donde comprar en línea forma parte de los hábitos de millones de personas, el futuro del comercio electrónico no dependerá únicamente de lo que ocurra en una pantalla. También dependerá de qué tan eficientemente se recorran los kilómetros que separan cada clic de su destino.

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