Los antibióticos nos dieron décadas de tregua frente a la muerte, pero las bacterias no quedaron pasivas. La evolución, acelerada por prácticas inadecuadas en la medicina y la producción agropecuaria, está reduciendo las opciones disponibles para tratar infecciones. La pregunta ya no es solo si un tratamiento puede fallar, sino qué sucederá cuando las alternativas sean cada vez menos.
Vanessa Carter tenía 25 años al momento de sobrevivir a un accidente automovilístico en Sudáfrica. El impacto le provocó lesiones severas en el rostro y, después de las primeras cirugías, parecía que había conseguido recuperarse. Sin embargo, comenzó a padecer una infección en las heridas faciales.
Los antibióticos iniciales no consiguieron detenerla. Los médicos tuvieron que modificar los tratamientos y recurrir a estudios para identificar qué sucedía. Los cultivos revelaron que el daño era causado por SARM (Staphylococcus aureus resistente a la meticilina o MRSA por sus siglas en inglés).
La infección provocó estragos considerables en los tejidos y obligó a Vanessa a someterse a nuevas intervenciones que trajeron como consecuencia la pérdida de parte de la cara, incluido un ojo, describe The AMR Narrative, una organización internacional en contra de la resistencia antimicrobiana.
La historia permite dimensionar las consecuencias de un fenómeno que ocurre a una escala microscópica. Un antibiótico que alguna vez fue confiable puede dejar de ser suficiente para controlar una afección.
“Las bacterias siempre se van a adaptar más rápido al ambiente externo. Los seres humanos somos parte del ecosistema exterior de las bacterias”, puntualiza en entrevista el doctor Pablo Francisco Oliva Sánchez, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Xochimilco.
Los antibióticos siguen siendo indispensables, pero las bacterias tienen la capacidad de cambiar, intercambiar información y sobrevivir a las condiciones que encuentran.
Sobre ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la resistencia bacteriana a los antimicrobianos estuvo asociada con más de 4.7 millones de muertes en el mundo durante 2021. En 2023, una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en laboratorio que provocaron infecciones comunes era resistente a los antibióticos. El problema, por tanto, ya no es lejano ni exclusivo del sector hospitalario.
En un caso clínico, uno de los primeros errores consiste en pensar que una infección de forma necesaria requiere un antibiótico. El doctor Oliva Sánchez explica que “un antibiótico que actúa contra una bacteria patógena también puede afectar a las bacterias simbióticas que forman parte de nuestro organismo y que, además, contribuyen al funcionamiento adecuado del sistema inmunológico”.
Ese conjunto de microorganismos constituye el microbioma. No todas las bacterias son enemigas; muchas participan en procesos indispensables para la vida.
El investigador señala que, por ejemplo, hasta 90 por ciento de las infecciones de vías respiratorias son virales. “El problema es que a veces aparece un síntoma y de inmediato la gente toma un antibiótico”, alerta, ello de manera frecuente por consejo de familia, amigos, e incluso por bots u otros medios nada confiables de Internet.
Automedicarse puede alterar el equilibrio microbiano y ejercer presión sobre poblaciones bacterianas. Esto no significa que cada exposición produzca de manera automática una bacteria resistente, pero sí puede favorecer las condiciones para que sobrevivan aquellas capaces de tolerar el medicamento.
La bacteria no aprende, se adapta
Mientras una persona concibe una infección como una enfermedad que comienza, recibe tratamiento y termina, una población bacteriana está sometida a cambios en su entorno.
El doctor Marcos López Pérez, investigador de la UAM, Unidad Lerma, comenta en entrevista que una bacteria puede pasar de un estado susceptible a uno resistente y, según sus condiciones genéticas, fisiológicas y ambientales, incluso volver a ser susceptible.
Por eso, decir que las bacterias “aprenden” a defenderse de los antibióticos puede servir como metáfora, pero no describe de manera literaria lo que sucede.
“No se trata de una especie de aprendizaje, pero sí de un proceso con el cual las condiciones ambientales moldean la manera en que la bacteria gestiona la información que posee y aquella que puede captar del ambiente”, expone.
La resistencia es resultado de procesos de adaptación y selección favorecidos por determinadas condiciones. Los mecanismos de resistencia a esta clase de fármacos, precisa el doctor López Pérez, existen desde hace miles de millones de años. Lo que hoy es un problema de salud pública es la intensificación de mecanismos que aparecieron mucho antes que los seres humanos.
La adaptación bacteriana tampoco ocurre solo a través de cambios que pasan de una generación a otra. Los bacilos pueden intercambiar información genética.
El académico López Pérez utiliza una expresión gráfica para explicarlo: “es una especie de Internet bacteriana, porque la información no solo pasa de una generación a otra, de padres a hijos, sino que puede transitar entre distintas especies de bacterias”.
Este intercambio genético horizontal puede ocurrir con mecanismos como la transformación, la conjugación y la transducción.
Para enunciarlo de manera sencilla, el investigador propone imaginar dos juegos de Lego. Si algunas piezas pasan de uno a otro, la construcción original puede cambiar. Algo semejante sucede con determinados fragmentos de información genética, las bacterias pueden adquirir nuevas herramientas, entre ellas genes relacionados con la resistencia a los antibióticos.
Pero existe otro elemento decisivo: el ambiente.
Los antibióticos han existido por millones de años en concentraciones muy bajas. El escenario cambia cuando grandes cantidades de estos compuestos llegan al ambiente a través de su uso humano, la producción agropecuaria o los residuos.
“El mal uso de estos medicamentos, su utilización en la industria pecuaria y agrícola y su presencia en residuos humanos, hacen que la concentración de estos compuestos aumente de manera considerable”, describe el profesor.
En esas condiciones, las poblaciones bacterianas quedan sometidas a una presión que puede favorecer la supervivencia de aquellas capaces de tolerar el antibiótico.
Una responsabilidad compartida
Imaginemos una población bacteriana susceptible expuesta a un antibiótico. Una parte puede desaparecer, mientras algunas bacterias con mecanismos de resistencia sobreviven.
El doctor López Pérez lo describe como un cuello de botella. La población se reduce, pero las bacterias que persisten pueden tener características que les permitan soportar mejor esa presión.
El problema, entonces, no consiste en que una bacteria “se vuelva más fuerte”. La resistencia puede estar presente en una población o adquirirse desde diferentes procesos; la exposición al antibiótico puede favorecer que las bacterias resistentes tengan una ventaja para sobrevivir.
Esto también detalla la importancia de utilizar concentraciones adecuadas. “Cuando tenemos parte del antibiótico presente, pero a una concentración baja, estamos ante condiciones de subletalidad que pueden propiciar la adaptación bacteriana”, advierte.
Desde la perspectiva clínica, el experto Oliva Sánchez destaca la importancia de que la medicación sea la indicada y se complete conforme a la prescripción. “Existe resistencia bacteriana, en parte porque la gente no toma la dosis total”.
Ambos investigadores coinciden en que la resistencia no puede explicarse nada más por la automedicación.
El problema involucra la prescripción médica, los sistemas de salud, la vigilancia epidemiológica y la contaminación ambiental. “Es una responsabilidad compartida entre el sistema de salud, el personal médico, los agentes de salud y la comunidad”, resume el doctor Oliva Sánchez.
A ello se suma la producción animal y el uso de antimicrobianos. La OMS reconoce que la problemática necesita una respuesta que abarque la salud humana, los animales, las plantas y el ambiente.
Los datos muestran la dimensión del desafío. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más de 40 por ciento de las combinaciones de patógeno-antibiótico monitoreadas por la OMS, con incrementos medios anuales de entre 5 y 15 por ciento.
Esto no significa que todos los antibióticos están perdiendo eficacia al mismo ritmo ni que todas las bacterias sean resistentes. Significa que, en un número creciente de combinaciones, la resistencia está avanzando.
Los nosocomios son uno de los espacios donde el fenómeno puede adquirir consecuencias graves. En estos coinciden personas vulnerables, procedimientos invasivos, circulación de múltiples microorganismos y, por ello, un uso considerable de antibióticos.
El especialista Oliva Sánchez aporta una cifra para dimensionar este consumo: en México, cerca de 51 por ciento de los pacientes hospitalizados recibe antibióticos, frente a 35 por ciento en promedio en Estados Unidos y Europa.
Pero la historia no termina en el hospital. El maestro López Pérez advierte que, cuando existe una elevada presencia de antibióticos en determinados ambientes, pueden emerger o seleccionarse poblaciones bacterianas resistentes. Si además esas bacterias conviven con microorganismos patógenos, existe la posibilidad de que la mecánica de resistencia se incorpore a nuevas poblaciones.
Como, por ejemplo, Campylobacter (enfermedades diarreicas), Klebsiella (
La medicina contra el tiempo
¿Qué ocurrirá si cada vez más bacterias dejan de responder a los medicamentos disponibles?
La respuesta no depende solo de fabricar nuevos antibióticos. También se necesita prevenir infecciones, mejorar el diagnóstico, vigilar la resistencia, utilizar los fármacos de manera adecuada y desarrollar nuevas alternativas terapéuticas.
La llamada carrera entre nuevos antibióticos y bacterias resistentes no es un escenario futuro, advierte el doctor López Pérez. “Más que una posibilidad futura, es un proceso que ya está ocurriendo; el desarrollo de un nuevo antibiótico va a encontrar una respuesta bacteriana adaptativa”.
Por ello, además de conservar los medicamentos existentes, la investigación busca otras herramientas. Una de ellas es la fagoterapia, que utiliza bacteriófagos —virus capaces de infectar bacterias— como posible alternativa frente a determinados daños clínicos.
“En el corto plazo necesitamos los antibióticos disponibles, pero hacia el futuro resulta interesante desarrollar estrategias como la fagoterapia y otros agentes de biocontrol”, señala el investigador.
La historia de Vanessa comenzó mucho antes de que alguien hablara de resistencia bacteriana. Primero estuvo el accidente, después las cirugías y, al final, una infección que transformó su recuperación en un proceso prolongado.
Entre su experiencia y el mundo microscópico existe una relación que rara vez vemos. Para quien recibe un tratamiento, un antibiótico es una pastilla, una inyección o una solución médica. Para una población bacteriana significa una presión ambiental que puede favorecer a quienes poseen las herramientas para sobrevivir.
Por ello, conservar la eficacia de los antibióticos no depende nada más del descubrimiento del próximo fármaco. También implica saber cuándo utilizar los que ya existen, diagnosticar, prevenir infecciones y vigilar cómo circulan las bacterias resistentes.
La tragedia llevó a Vanessa a trabajar en la concientización sobre la resistencia a los antimicrobianos. Su experiencia convirtió una vivencia personal en una advertencia sobre un problema que trasciende a un paciente, un hospital o un país.
La batalla, entonces, no consiste en eliminar a todas las bacterias ni en ganar una guerra definitiva contra ellas. Consiste en evitar que una herramienta que ha permitido salvar millones de vidas deje de funcionar cuando más se necesita.
