Dormir mal de manera recurrente puede afectar el comportamiento, la atención, la energía y, en casos prolongados, contribuir al deterioro de la salud mental, advirtió el psicólogo Juan Ramón Morales Navarro, especialista en Medicina del Sueño.

El sueño es una función esencial del organismo, ya que durante este periodo se llevan a cabo procesos fundamentales para la recuperación física y mental, entre ellos la reparación de tejidos, la consolidación de la memoria y el aprendizaje.

“Cuando no dormimos bien esto puede detonar en algunas agravantes en nuestra salud: hablamos de síntomas ansiosos, síntomas depresivos, también cansancio, fatiga, que no tengamos buena memoria, problemas de concentración”, indicó.

El especialista explicó que el problema adquiere mayor relevancia cuando las alteraciones del sueño persisten durante varias noches y se vuelven crónicas, es decir, cuando ocurren más de tres veces por semana durante un periodo superior a tres meses. En estos casos, la falta de sueño puede afectar progresivamente la calidad y cantidad del descanso.

“Nuestro sueño va disminuyendo su cantidad y su calidad. Vamos alargando cuánto tiempo nos tardamos en quedarnos dormidos, pero también vamos aumentando la cantidad de despertares, microdespertares, y se va desestructurando nuestra arquitectura de sueño, vamos perdiendo sueño profundo, sueño de calidad y vamos ganando sueño ligero. Esto es un problema bidireccional porque vamos generando más síntomas depresivos y ansiosos y estos, a su vez, van empeorando nuestro sueño”, advirtió.

La relación entre sueño y salud mental no es únicamente una percepción clínica. La evidencia científica ha encontrado una asociación significativa entre el insomnio y diversos trastornos mentales. Un metaanálisis de estudios prospectivos publicado en 2016 en la revista BMC Psychiatry, que incluyó a más de 172 mil participantes, encontró que las personas con insomnio presentaban 2.27 veces mayor riesgo de desarrollar depresión que quienes no tenían este problema.

Investigaciones científicas también muestran que las personas con insomnio tienen hasta 3.23 veces mayores probabilidades de desarrollar un trastorno de ansiedad. “Estos hallazgos refuerzan la importancia de atender de manera oportuna las alteraciones persistentes del sueño y no considerarlas únicamente como una consecuencia de otros problemas de salud, declaró el psicólogo del Centro Neurológico y de Sueño.

El experto enfatizó que esta relación funciona en ambos sentidos: la ansiedad y la depresión pueden dificultar conciliar o mantener el sueño, mientras que un descanso insuficiente o fragmentado puede aumentar la vulnerabilidad a síntomas emocionales, afectar la concentración y reducir la capacidad para afrontar el estrés cotidiano.

Por ello, subrayó, es importante abordar de manera integral tanto las alteraciones del sueño como los trastornos del estado de ánimo, ya que atender uno de estos problemas sin considerar el otro puede limitar la recuperación del paciente.

 

Esta reflexión cobra especial relevancia en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, como una oportunidad para recordar que el bienestar mental también requiere hábitos de sueño adecuados y atención oportuna ante sus alteraciones.

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