Yogures, bebidas, suplementos y productos especializados han hecho que los probióticos sean cada vez más conocidos entre los consumidores. Sin embargo, ante una oferta creciente, también surge una pregunta: ¿todos los probióticos funcionan igual y cómo saber cuál elegir?
Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden proporcionar un beneficio para la salud. Su interés está relacionado con el papel que desempeña la microbiota intestinal en diferentes funciones del organismo, entre ellas la interacción con el sistema inmunitario y el mantenimiento del equilibrio del ecosistema intestinal.
La investigación científica ha demostrado beneficios para cepas específicas en determinadas situaciones, como algunos tipos de diarrea y alteraciones asociadas con el uso de antibióticos, entre otras condiciones gastrointestinales. Sin embargo, estos beneficios no pueden generalizarse a todos los probióticos.
La cepa hace la diferencia
Uno de los principales errores al elegir un probiótico es pensar que todos los microorganismos tienen las mismas propiedades. Existen diferentes tipos de bacterias y levaduras utilizadas como probióticos, entre ellas microorganismos de los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium, así como Saccharomyces boulardii.
Pero incluso dos microorganismos de una misma especie pueden comportarse de manera diferente. Por ello, la evidencia científica debe corresponder a la cepa específica, así como a la dosis y al beneficio para el que se pretende utilizar.
“Cuando hablamos de probióticos, no basta con saber que un producto contiene microorganismos. Es importante conocer qué cepa contiene, en qué cantidad y qué evidencia científica existe sobre su beneficio”, explica la doctora
También es relevante considerar cómo se desarrolla y fabrica el producto. La identificación y caracterización de las cepas, los estudios de seguridad y eficacia, así como los procesos de fabricación y control de calidad, son elementos fundamentales para garantizar que el microorganismo conserve sus características y viabilidad durante la vida útil del producto.
¿Qué debe buscar el consumidor?
Ante la diversidad de opciones disponibles, algunos criterios pueden ayudar a tomar una decisión informada:
- Cepa identificada: debe ser posible conocer con precisión qué microorganismo contiene el producto.
- Evidencia científica: los estudios deben respaldar la cepa y el beneficio específico que se comunica.
- Dosis adecuada: la cantidad utilizada debe corresponder a la que ha sido estudiada.
- Calidad y fabricación: los procesos de producción y conservación son relevantes para mantener la viabilidad del microorganismo.
- Orientación profesional: cuando existen síntomas, la elección debe hacerse con asesoría médica.
“No se trata de elegir el probiótico que tenga más microorganismos o más cepas, sino aquel cuya composición y evidencia sean adecuadas para la necesidad específica de la persona”, señala [NOMBRE Y CARGO DEL VOCERO].
Un ejemplo de este enfoque es Biocodex, compañía farmacéutica internacional de origen francés, cuya historia está estrechamente vinculada con el desarrollo de Saccharomyces boulardii CNCM I-745®, una cepa probiótica de levadura estudiada durante décadas. La compañía mantiene actividades de investigación y desarrollo enfocadas en microbiota y probióticos.
Probióticos sí, pero con información
El creciente interés por los probióticos refleja también una mayor conciencia sobre la importancia de la microbiota para la salud. Pero una mayor oferta de productos hace todavía más importante contar con información científica para distinguir entre ellos.
Los probióticos no deben considerarse una solución universal ni sustituir la valoración médica. Ante síntomas persistentes, recurrentes o de intensidad importante, lo recomendable es consultar a un profesional de la salud para identificar su causa y determinar si un probiótico es adecuado y, en su caso, qué cepa, dosis y duración cuentan con evidencia para esa situación.
En un mercado donde las opciones son cada vez mayores, la pregunta no debería ser únicamente “¿cuál tiene más cepas?”, sino “¿cuál cuenta con evidencia científica para el beneficio que busco?”
