El futbol ha dejado de ser una práctica deportiva para convertirse en una expresión social, cultural y económica que exhibe las dinámicas del mundo contemporáneo. Su influencia trasciende las canchas al moldear identidades, movilizar a millones de personas, transformar espacios urbanos y consolidarse como una de las industrias más lucrativas del planeta. Desde esta perspectiva crítica, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) abrió un espacio de reflexión sobre el papel que desempeña el balompié en la sociedad actual.
En este contexto, el doctorado en Humanidades de la División de Ciencias Sociales de la Unidad Xochimilco invitó a la comunidad académica y al público en general a la conferencia magistral impartida por el doctor en sociología, ensayista y escritor argentino Pablo Alejandro Alabarces, fundador de la sociología del deporte en América Latina.
La sede fue el Centro Cultural Casa Rafael Galván de la UAM, donde el experto examinó con detalle no solo el impacto de este proceso social, la concentración de aficionados y la transformación de las ciudades, sino también la manera en que ha sido objeto de comercialización hasta transformarse en una oferta comercial de entretenimiento impulsado por el consumismo capitalista contemporáneo.
En entrevista, el doctor Alabarces expuso que el argumento central para entender el éxito de la Copa del Mundo radica en concebir al juego como un espectáculo de la industria cultural. Señaló que esta disciplina logra ser el principal tema de conversación debido a su naturaleza de ficción fantástica, aunque se trata de una construcción artificial, millones de individuos creen en ella.
Respecto a la identificación entre las selecciones nacionales y sus países, afirmó que “la idea de que los equipos simbolizan a los pueblos, es decir, nuestro equipo es nuestra patria, es falso porque son solo hombres que juegan y no son la imagen de las sociedades complejas, y sin embargo esa utopía se cree durante el tiempo que dura el equipo en la competencia. Eso es lo que lo vuelve tan atractivo y exitoso”.
Asimismo, planteó que lo que despierta el interés no es el balompié ni su belleza, sino la falsa idea de que en el torneo se disputan las jerarquías y los privilegios de las naciones, alimentando la creencia de que lo nacional está en juego. En ese tenor, explicó que estos eventos atraen a espectadores que no siempre siguen el fenómeno futbolístico; incluso, quienes asisten a los estadios en una Copa del Mundo poco tienen que ver con los aficionados que acuden de manera regular a los partidos.
Además, subrayó que el acceso a estos eventos está reservado para élites muy distintas del resto de la población. De esta forma, la justa se convierte en un producto del sector del entretenimiento que se vende y se compra conforme a las reglas del mercado. Respecto de quienes quedan excluidos de esa experiencia, indicó que suelen reclamar su participación apropiándose de los espacios públicos y las calles para vivir colectivamente el acontecimiento.
En cuanto a los medios de comunicación, dijo que sin estos no hay futbol, porque transformaron este deporte en mercancía, por ello, proponen una ficción de unidad nacional en torno al Mundial, le dan una máxima visibilidad, toda la publicidad gira en torno a este acontecimiento y esto genera un efecto de “pareciera que no hay otra cosa de que preocuparse”.
Sin embargo, mantiene una tesis, “a pesar de esa omnipresencia, la colectividad sigue preocupándose por otras cosas, los movimientos sociales, como el de las madres buscadoras, persiguen la exposición que les otorga la transmisión de los encuentros, entonces le dan un uso. Deben conseguir las vías para que sus protestas sean escuchadas, la clave es aprovechar los eventos para lograr el objetivo”.
