La moda circular avanza en México, pero lo hace a un ritmo que no alcanza a compensar la presión que enfrenta la industria. Hoy, el 38% de las mujeres ya compra ropa de segunda mano, según la Asociación Mexicana de Venta Online (AMVO), pero el modelo aún está lejos de cerrarse, el 55% de las usuarias solo compra y no participa en la reventa, limitando el impacto real de la circularidad.

El desfase no es menor en un sector que enfrenta señales de alerta en el mercado local. De acuerdo con FESPA México y la Cámara Nacional de la Industria del Vestido, el PIB de la industria textil cayó 8,4% en 2023, mientras que en 2024 se perdieron alrededor de 20 mil empleos. A esto se suma un desbalance estructural, México importa más de lo que exporta en confección (13.300 millones de dólares frente a 9.300 millones), lo que evidencia una industria presionada tanto por la competencia global como por cambios en el consumo.

En paralelo, el impacto ambiental sigue escalando. Según el informe de Vitalia (2025), la industria textil genera cerca del 10% de las emisiones globales, consume el 20% del agua dulce y apenas recicla entre el 1% y el 2% de los residuos textiles. En este contexto, el modelo de “producir, usar y desechar” ya no solo es cuestionado, sino cada vez menos viable.

“La circularidad ya no es una opción reputacional, es una exigencia del mercado que va a definir qué marcas siguen siendo competitivas”, señala Ana Torres, experta de ESDESIGN, escuela especializada en formación en diseño estratégico e innovación. “El problema es que el consumidor aún no cierra el ciclo, y ahí es donde se frena el impacto real”.

Las marcas ya están reaccionando, aunque de forma desigual. Empresas como Patagonia han impulsado modelos de reparación y reventa, Mud Jeans ha apostado por el alquiler de prendas y Stella McCartney ha integrado materiales reciclados en sus colecciones. Incluso gigantes como H&M han lanzado iniciativas de reciclaje textil. Sin embargo, estos esfuerzos aún conviven con un modelo dominante basado en volumen, rotación y precios bajos.

En México, esa tensión es evidente. Aunque crece el interés por la segunda mano, el comportamiento sigue centrado en el consumo más que en la reutilización activa. A diferencia de mercados como Colombia, donde el 33% de los usuarios participa tanto en compra como en venta, el ecosistema mexicano aún no logra consolidar un modelo verdaderamente circular.

Aun así, el cambio empieza a tomar forma. El ahorro sigue siendo el principal motor, pero factores como la conciencia ambiental y la búsqueda de piezas únicas comienzan a ganar peso. Para la industria, esto implica un giro estratégico. “El diseño ya no termina en la venta, hoy tiene que anticipar qué pasará con la prenda después de su uso”, añade Torres, apuntando a un cambio que impacta desde materiales hasta modelos de negocio.

El punto crítico, sin embargo, va más allá del diseño. La presión regulatoria, el contexto económico y la transformación del consumidor están redefiniendo las reglas del juego. La trazabilidad, la sostenibilidad de materiales y la gestión de residuos dejan de ser diferenciales para convertirse en condiciones mínimas para competir.

El mensaje es claro para la industria en México, el cambio ya empezó, pero avanza más lento que las exigencias del mercado. Y en ese desfase está el riesgo. Porque si la circularidad no logra escalar, no solo se frena el impacto ambiental, también se compromete la competitividad de un sector que ya muestra señales de desgaste.

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