El campo mexicano no carece de tecnología. Sensores de humedad, sistemas de riego por goteo, drones de monitoreo, plataformas de análisis de datos, todo eso existe, está disponible, sin embargo, la adopción tecnológica sigue siendo reducida frente a su potencial. Entender por qué la tecnología está sub utilizada es una pregunta que no tiene una respuesta simple, sino varias capas.
De acuerdo con el Censo Agropecuario 2022 del INEGI, el 74% de la superficie agrícola en México opera bajo temporal — es decir, depende exclusivamente de la lluvia —, mientras que solo el 26% corresponde a tierras con riego. Y de ese universo irrigado, el 62% utiliza riego por gravedad. La imagen es la de un sector estructuralmente dependiente de un clima que ya no se comporta como antes. De acuerdo con la CONAGUA, más del 70% del territorio nacional presenta algún grado de sequía de manera recurrente, y los eventos extremos —lluvias concentradas, heladas fuera de temporada, ciclos irregulares— se han intensificado en la última década. La gestión del agua, en gran parte, no ha cambiado al mismo ritmo.
Kilimo, la climatech latinoamericana, expuso cinco barreras más recurrentes que ha encontrado acompañando a agricultores en la gestión eficiente del agua. Estas barreras son económicas, tecnológicas, de confianza, de acompañamiento y de financiamiento.
Medir para proteger, la lógica invertir en riego inteligente
Cultivar una hectárea de maíz en México implica una inversión promedio de entre 30 mil y 55 mil pesos por ciclo, considerando semilla, insumos, mano de obra, renta de terreno y agua. La producción esperada va de las 3 a las 7 toneladas por hectárea, y el precio de compra al productor rara vez supera los 5 pesos por kilogramo. El margen, en el mejor escenario, es estrecho. Ante una sequía, una helada fuera de temporada o una plaga, puede desaparecer por completo.
Como señala Andrea Ramos, VP de Water & Climate Partnerships en Kilimo: «el agricultor latinoamericano está en una apuesta constante contra la incertidumbre, donde cada temporada representa una parte significativa de su patrimonio y su sustento. La variabilidad climática ha agravado este escenario; los ciclos que antes eran predecibles hoy presentan sequías más prolongadas, lluvias irregulares y eventos extremos que no avisan. Estar preparado se ha vuelto una condición de permanencia.»
Desde esa visión, la tecnificación del riego no se aprecia si se presenta solo como una inversión en equipos. Considerando que el agua puede escasear en cualquier momento —por sequía, por variabilidad climática, por presión sobre las cuencas—, su valor real está en garantizar que cada planta reciba exactamente lo que necesita, ni más ni menos.
Ahí es donde la lógica de cuenca cobra sentido para el propio agricultor. Cuando se riega usando la información se contribuye a mantener la recarga del sistema hídrico que abastece a todos los que comparten esa cuenca. Y eso, en un contexto de sequías más frecuentes, es lo que garantiza que el agua siga disponible cuando más se necesita.
«El mayor obstáculo no es la resistencia a invertir, sino la percepción de que tecnificarse es un riesgo adicional sobre un riesgo ya existente», afirma Ramos. Lo que transforma esa percepción es la demostración de que medir mejor el agua protege la cosecha, alarga la vida del acuífero y reduce la exposición a la incertidumbre climática.
Por eso Kilimo suma un elemento importante: los pagos por servicios ecosistémicos. Estos mecanismos reconocen y recompensan económicamente las prácticas de los agricultores que conservan o mejoran la salud de las cuencas.
Tecnología diseñada lejos del territorio
Una parte importante de las soluciones tecnológicas disponibles para el agro fueron concebidas en laboratorios, aceleradoras o centros de innovación alejados del campo. Los modelos son sólidos pero muchas veces se prueban en contextos distintos al del productor al que se quiere llegar.
El campo mexicano es enormemente diverso. Las condiciones de un productor de maíz en Sinaloa poco tienen que ver con las de un agricultor de aguacate en Michoacán o un productor de chile en Zacatecas. El clima, el tipo de suelo, el acceso al agua, la escala de producción y los canales de comercialización son variables que cambian radicalmente de una región a otra. Una solución que no considera esa diversidad termina en desconexión territorial. Las soluciones que funcionan se implementan desde el territorio del productor que trabaja la tierra, conforme a necesidades y requerimientos específicos.
La confianza, el activo más escaso
El productor agrícola mexicano —en especial el pequeño y mediano— evalúa cualquier propuesta con cautela. Cuando los ciclos agrícolas son cortos, los márgenes estrechos y los recursos limitados, apostar por algo desconocido tiene razones. Esa cautela, lejos de ser un obstáculo, es una señal de que el productor evalúa con criterio lo que le conviene.
“Esa desconfianza no se supera con mejores presentaciones ni con más datos. Se supera con presencia, con acompañamiento y con resultados verificables en el mismo contexto donde opera el productor. La adopción tecnológica en el agro es, en gran medida, un proceso social antes que uno técnico”, explica Ramos.
Las soluciones que logran adoptarse no son necesariamente las más sofisticadas, sino las que generan confianza desde el primer contacto y demuestran valor en el corto plazo.
Acompañamiento técnico continuo, el recurso que construye la confianza
Implementar tecnología en el campo no termina con la instalación del equipo o la descarga de aplicaciones. Requiere capacitación, personal en campo, seguimiento, resolución de problemas en tiempo real y, sobre todo, una interpretación de los datos que tenga sentido para quien trabaja la tierra.
El mercado de tecnología agrícola en México ha crecido en oferta, pero el acompañamiento técnico especializado es escaso y costoso. El valor real se genera cuando la herramienta está acompañada de metodología, criterio técnico y capacidad de adaptación local.
Fragmentación del sector y acceso limitado a financiamiento
El agro mexicano está altamente fragmentado. La mayoría de las unidades productivas son de pequeña escala, con acceso limitado a crédito formal y sin los volúmenes que justifican, desde la lógica comercial tradicional, una inversión tecnológica significativa. Los grandes productores y los agronegocios integrados tienen mejores condiciones para tecnificarse —y de hecho lo hacen—, pero representan una fracción menor del universo productivo nacional.
El camino hacia la tecnificación real
Acelerar la tecnificación del campo mexicano es un asunto de integrar soluciones diseñadas desde el territorio, modelos de acompañamiento que generen confianza, esquemas financieros que reduzcan el riesgo percibido y políticas públicas que den continuidad a los esfuerzos de adopción. Para empresas como Kilimo, que trabajan en la intersección de datos, agua y decisiones agrícolas, el reto no está en convencer a los productores de que la tecnología funciona. Sino en construir las condiciones para que esa tecnología pueda hacer lo que promete, ayudar a producir con más eficiencia en un entorno cada vez más impredecible.
