Conforme al informe más reciente de la Organización Mundial de la Salud, actualizado en septiembre de 2025, una de cada 127 personas en el mundo se encuentra dentro del espectro autista, un trastorno del neurodesarrollo asociado con distintas formas de funcionamiento del cerebro.
En México, proyecciones del Censo de Población y Vivienda de 2020 revelaron que al menos 400,000 infantes mostraron un cuadro relacionado con este trastorno; sin embargo, las cifras no siempre muestran con precisión la realidad.
“Tenemos adultos que tienen esta condición, muchos de ellos, a veces, llegan a esa etapa sin haber sido diagnosticados”, afirmó el doctor en psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UAM), Leonardo Díaz, quien ha dedicado parte de su trayectoria a la investigación en el campo neurocientífico.
Esto ocurre porque algunos casos, aunque requieren apoyo desde edades tempranas, presentan características de nivel uno dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA). Entre otras particularidades, pueden tener dificultades para organizar y resolver problemas, aunque éstas no sean evidentes a simple vista. Dicha situación, explicó, “repercute o es capaz de comprometer su independencia en el largo plazo”.
La detección tardía responde a factores sociales. El camuflaje social, frecuente en mujeres dentro del espectro, permite que los síntomas pasen desapercibidos bajo una “máscara” de aparente normalidad, lo que retrasa durante años la búsqueda de apoyo, añadió.
A los estigmas asociados a la revisión realizada por personal capacitado se suma otro problema, la desinformación en medios y redes sociales. “Se habla mucho del autismo en todos lados y eso tiene un lado muy positivo porque orienta, pero además podría llevarnos a la confusión” expuso.
El investigador alertó que, ante la abundancia de datos, no siempre es claro en qué fuentes confiar, por lo que insistió en la importancia de acudir con profesionales de la salud, como psiquiatras, neurólogos y neuropsicólogos.
“La detección no es el fin último de la atención”, sostuvo Díaz. “Una evaluación, por ejemplo, la que hacemos los neuropsicólogos, nos indica no solo si el paciente llega a tener o no este trastorno, sino qué rasgos específicos tiene”.
Las causas son multifactoriales. Aunque no se ha identificado un origen único, existe evidencia científica que apunta a factores genéticos, del periodo prenatal y del entorno peri y posnatal.
El también psicoterapeuta, con más de ocho años de experiencia clínica, indicó que en Internet existen pruebas que, con metodologías básicas, pretenden ofrecer la detección a los usuarios. Pese a ello, precisó, estos instrumentos no son acertados ni sustituyen el conocimiento de los profesionales.
“Una vez conocida la condición del paciente, es más fácil para nosotros intervenir en las fortalezas y debilidades con un plan”, concluyó.
Díaz abordó estos temas en la conferencia Más allá del diagnóstico: El autismo desde la neuropsicología, como parte del Programa de Educación Continua para la Inclusión y la Discapacidad (PECID) de la Coordinación de Educación Continua (CEC) de la UAM, Unidad Xochimilco.
A lo largo de una hora y ante una veintena de asistentes, el especialista condensó el contenido en tres módulos: una revisión del TEA, los cambios cognitivos asociados y el papel de la neuropsicología en su abordaje.
