En los municipios más marginados de México, los hogares viven con escasez crónica de agua, casas frágiles y una exposición constante a lluvias, inundaciones y deslaves. Así lo muestra un estudio de investigadores de la Universidad Iberoamericana (IBERO) Ciudad de México (CDMX) que comparó cómo percibe su vivienda la gente según el nivel de marginación del municipio donde vive.
La investigación “Márgenes de habitabilidad. Un estudio cualitativo sobre vivienda y marginación en México”, fue realizada por Oscar A. Martínez-Martínez, C. V. Zamudio-Lazarín y J. De Gortari Ludlow, con financiamiento del Centro de Investigación para el Desarrollo Equitativo (EQUIDE) de la IBERO. Se publicó en la revista científica Frontiers in Sustainable Cities.
Las estadísticas suelen medir de qué material es el piso o si hay agua entubada, pero dicen poco sobre cómo se vive todos los días en esas casas. Por eso, el equipo preguntó a las personas qué tan cómoda y segura sentían su vivienda, cómo funcionaban sus servicios y qué tan protegidas se sentían ante el mal tiempo o un desastre natural.
Para comparar territorios, los investigadores usaron el Índice de Marginación Municipal del Consejo Nacional de Población (CONAPO), medida que clasifica a los municipios en cinco niveles —muy alto, alto, medio, bajo y muy bajo— según sus carencias en educación, ingresos, vivienda y acceso a servicios.
Las entrevistas se hicieron cara a cara entre personas de distintas edades, sexos y niveles educativos. Se realizaron en la Ciudad de México, Oaxaca, Estado de México y Tamaulipas; en Oaxaca participaron también personas de comunidades zapotecas y mixtecas.
Agua que no llega y casas que no resisten
En los municipios con marginación alta y muy alta, ubicados sobre todo en zonas rurales y semiurbanas, el agua es el problema más grave. La falta de servicio obliga a las familias a buscar fuentes cercanas o a almacenar lo que pueden.
“Solo tenemos agua por la mañana y a veces por la tarde la necesitamos… sufrimos escasez de agua”, contó una mujer de 38 años. Un hombre de 30 años explicó la solución que encontró su familia: “Recogemos el agua en una cisterna para tenerla cuando no esté disponible”.
A eso se suma la falta de drenaje, que en algunos casos obliga a los hogares a pagar por su cuenta la construcción de una fosa séptica. Muchas viviendas están hechas de lámina, cartón o madera reciclada, con pisos de tierra total o parcialmente y en condiciones de hacinamiento.
Esa fragilidad se vuelve miedo cuando llueve. Las personas de los municipios con marginación muy alta dijeron sentirse vulnerables porque sus casas están deterioradas o construidas en zonas de riesgo, expuestas a incendios, derrumbes, inundaciones y deslaves.
“Mi casa es frágil; una lluvia fuerte podría arrasarnos porque este terreno es muy frágil”, relató un hombre de 32 años. Una mujer de 29 años lo resumió así: “Mi casa es de chapa metálica, y cuando llueve mucho, entra agua a borbotones. Pero aquí estamos, no tenemos adónde ir”.
Para los autores, en estos lugares los peligros ambientales no son una amenaza lejana, sino parte de la vida diaria, porque el drenaje insuficiente, los cimientos débiles y la escasez de servicios aumentan el riesgo.
Cuando “cómodo” significa tener un techo
Uno de los hallazgos más reveladores es cómo cambia el significado de la comodidad. En los municipios con marginación muy alta, ante la falta de ingresos, sentirse cómodo se reducía a tener un techo y poder pagar el mantenimiento de la casa, aunque esta no ofreciera buena calidad de vida.
La seguridad, en cambio, se apoyaba en las relaciones con la familia y los vecinos. “Nos sentimos seguros porque, francamente, aquí todos nos conocemos”, dijo un hombre de 25 años. Según el estudio, en contextos de privación, la confianza y el apoyo mutuo se convierten en la principal forma de protección.
La otra cara: rejas, cámaras y casas firmes
En los municipios con marginación media, muchas familias construyeron su casa poco a poco y la asociaron con el esfuerzo invertido. “Nos costó mucho construirla. Hicimos los bloques, los ladrillos, para que nuestra casa fuera un poco más económica”, recordó una mujer de 62 años.
En las zonas con marginación baja y muy baja, dentro de los grandes centros urbanos, las viviendas son de mejor calidad y cuentan con todos los servicios. Ahí la seguridad se refuerza con vigilancia, bardas y cámaras, y fue el único grupo donde algunas personas dijeron sentirse “muy protegidas” ante un desastre. Aun así, en algunos casos el agua también escasea y las familias deben comprarla.
Qué proponen los investigadores
Los autores concluyen que la marginación no solo determina cómo están construidas las casas, sino también cómo se vive en ellas: la comodidad, la seguridad y el miedo dependen del territorio. Por eso proponen políticas diferenciadas, en lugar de subsidios iguales para todo el país:
- En zonas de marginación alta, reforzar las viviendas, mejorar el drenaje y garantizar agua y energía confiables, apoyando la organización comunitaria que ya existe.
- En zonas de marginación media, dar asistencia técnica para mejorar por etapas lo que las familias ya construyeron.
- En zonas de marginación baja, mantener la calidad de la infraestructura y atender los focos de riesgo locales.
El equipo reconoce límites: el estudio abarca cuatro estados y es cualitativo, por lo que sus resultados no pueden generalizarse a todo el país. Propone que futuras investigaciones analicen cómo el género, la etnia o la discapacidad cambian la forma de vivir la vivienda en contextos de desigualdad.
