Uno de cada ocho niños y niñas menores de cinco años en América Latina y el Caribe sufre desnutrición crónica, y la región apenas ha avanzado contra el hambre desde 2018. Así lo revela la nueva edición del Índice Global del Hambre (GHI) 2026, publicado en español por Ayuda en Acción con motivo del Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre) y del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza (17 de octubre).
El informe, publicado en español por Ayuda en Acción bajo el título No hay seguridad sin seguridad alimentaria, ha sido elaborado por las ONG Welthungerhilfe, Concern Worldwide y el Instituto de Derecho Internacional de la Paz y de los Conflictos Armados (IFHV), organizaciones que forman parte de Alliance2015, red europea de organizaciones de cooperación y ayuda humanitaria de la que también forma parte Ayuda en Acción. Sus datos constatan un preocupante retroceso global: la puntuación mundial del hambre ha subido a 18,1, frente al 17,6 registrado en 2018, quebrando así casi dos décadas de progreso continuo desde el año 2000. Este empeoramiento no es casual; el informe demuestra que es el resultado directo de lo que se conoce como «policrisis», es decir, la acumulación y el impacto simultáneo de los conflictos armados, la crisis climática extrema y los choques económicos. La consecuencia de esta convergencia de crisis es que hoy 32 países están peor que en 2018 y, si no se acelera el ritmo de acción, al menos 57 países no lograrán alcanzar un nivel bajo de hambre para el año 2030.
Una región que produce alimentos, pero que aún no rompe con el ciclo del hambre
América Latina y el Caribe obtiene 7,4 puntos en una escala de 100, situándose en un nivel considerado «bajo» en contraste con la media mundial de 18,1. Sin embargo, el informe es categórico: no existe un nivel de hambre aceptable y la categoría «baja» sigue siendo una realidad negativa que se traduce en millones de vidas en riesgo. De hecho, el estancamiento es evidente, ya que la región ha mejorado menos de un punto desde 2018 y el retraso del crecimiento infantil ha vuelto a subir hasta el 12,6 %. Este indicador, conocido también como desnutrición crónica, ha aumentado incluso en las tres mayores economías del continente: Argentina, Brasil y México.
La media regional esconde, además, una fractura profunda. En el Caribe, el 16,6 % de la población está subalimentada, frente al 4,0 % en el continente, y casi la mitad de sus habitantes no puede permitirse una dieta saludable. Haití registra la peor puntuación de la región (34,4), al borde del nivel alarmante: más de la mitad de su población está subalimentada y 5,7 millones de personas sufrieron en 2025 inseguridad alimentaria aguda, sobre todo por la violencia de las bandas armadas.
«Que el 12,6 % de nuestra infancia sufra desnutrición crónica demuestra que los promedios ocultan profundas desigualdades en la región. Para erradicar el hambre necesitamos sistemas alimentarios sostenibles e instituciones locales fuertes. Es urgente proteger los medios de vida de las familias frente a la inestabilidad y el clima, dotándolas de recursos para que puedan liderar su propio futuro con seguridad y autonomía», señala Pilar Lara, del equipo de Relaciones Institucionales de Ayuda en Acción.
Radiografía por países: algunos casos clave
Para entender el impacto de estas cifras, Ayuda en Acción pone el foco en los territorios donde despliega sus programas de desarrollo y acción humanitaria, mostrando realidades contrastantes:
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Guatemala mantiene la segunda puntuación más alta de la región (18,3) y una de las tasas de retraso del crecimiento infantil más elevadas del mundo: 44,6 %. La brecha es todavía mayor entre la infancia indígena, donde la desnutrición crónica llega a alcanzar el 61,1 %, frente al 33,9 % del resto de la población.
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Ecuador (10,3) mejora su puntuación un 11,2 % desde 2018, pero el retraso del crecimiento afecta todavía al 17,7 % de la infancia, casi uno de cada cinco niños.
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En Honduras (12,3), la subalimentación sube hasta el 14,3 % y uno de cada seis niños sufre retraso del crecimiento.
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Colombia tiene un índice bajo (6,1), pero la media nacional no refleja las diferencias entre territorios, habiendo zonas donde el acceso a la tierra, los mercados y los alimentos sigue siendo limitado. En 2026, 6,6 millones de personas necesitan asistencia alimentaria en las zonas priorizadas del país.
También hay motivos para la esperanza. Perú ha logrado la mayor reducción del hambre de la región desde el año 2000 (pasando de 21,1 a 6,5 puntos). El informe vincula este descenso histórico al crecimiento económico, la reducción de la pobreza y la expansión de los servicios de salud y de la protección social.
Este caso de éxito demuestra que las intervenciones integrales a largo plazo funcionan. Precisamente bajo esa lógica opera Ayuda en Acción: para garantizar que los avances frente al hambre no se borren de un plumazo ante la próxima emergencia climática o social, la organización no solo impulsa el desarrollo económico rural, sino que fortalece sistemas comunitarios de alerta temprana y gestión de riesgos, asegurando que las comunidades más aisladas mantengan su autonomía y seguridad alimentaria.
No hay seguridad sin seguridad alimentaria
El informe de este año insiste en que la inseguridad alimentaria y la inestabilidad social se retroalimentan. Fenómenos globales como el cambio climático y las crisis económicas merman cada vez más la capacidad de producción y los medios de vida de las familias, profundizando su vulnerabilidad. Ante esta realidad, que a menudo obliga a los países a centrar sus esfuerzos en respuestas de emergencia, el documento subraya la urgencia de apostar por soluciones estructurales y fortalecer la resiliencia a largo plazo.
Esta advertencia llega cuando los recursos se reducen. Según el informe, en 2025 solo se recibió el 36 % de la financiación necesaria para responder a las crisis alimentarias (10.550 millones de dólares de los 29.000 millones requeridos), mientras el gasto militar mundial alcanzaba un máximo histórico.
«Invertir en alimentación, en agua y en medios de vida no es un gasto: es la forma más eficaz de prevenir las crisis. Lo vemos cada día sobre el terreno: donde las mujeres y los jóvenes tienen oportunidades, el hambre retrocede», añade Pilar Lara.
Lo que funciona sobre el terreno
Ayuda en Acción aborda la seguridad alimentaria desde una perspectiva integral, con especial atención a las mujeres, la infancia y la juventud. Su modelo de trabajo va más allá de la respuesta ante emergencias: busca generar desarrollo a largo plazo y promover la cohesión social en los territorios. Este enfoque coincide con lo que el propio índice recomienda: fortalecer cooperativas y cadenas de valor locales, dar voz a las comunidades más excluidas y anticiparse a las crisis.
En Ecuador, más de 165.000 personas tienen acceso a agua potable gracias a más de 400 sistemas de agua construidos o rehabilitados con las comunidades. Nuestro trabajo ha sido premiado por la OPS gracias a los avances obtenidos en la reducción de la desnutrición crónica infantil (DCI) y, hoy, estos aprendizajes se proyectan a mayor escala a través de la iniciativa “Territorios libres de DCI”. En Colombia, a través de Cacao para la Paz, en Tumaco, y del Fondo Alimentando la Paz, en el Cauca, la organización acompaña a mujeres productoras para que sus territorios generen ingresos y alimentos de forma estable; 850 unidades productivas rurales han reforzado sus capacidades.
En Guatemala, la organización acompaña a 435 mujeres y 115 hombres productores de café, miel y hortalizas en Chiquimula y Huehuetenango, impulsando prácticas de adaptación y mitigación al cambio climático en sus cadenas de valor y su acceso a mercados locales y solidarios En Honduras, las comunidades garífunas protegen sus cuencas de agua de las que dependen sus medios de vida, y en Colón el proyecto de Economía Azul impulsa el empleo sostenible vinculado a la pesca; además, junto a UNICEF y con financiación del Fondo para Honduras, en 2026 la organización ha desplegado una respuesta multisectorial en 33 municipios del país que combina la rehabilitación de sistemas de agua y saneamiento con vigilancia epidemiológica, vacunación, evaluación nutricional infantil mediante MUAC, suplementación con micronutrientes y promoción de prácticas saludables. Y en Perú, la organización fortalece sistemas comunitarios de alerta temprana, anticipándose a las amenazas, actuando antes de potenciales desastres naturales o antrópicos.
