La ansiedad, la depresión y otros malestares emocionales no pueden explicarse únicamente desde la experiencia individual. La pobreza, la violencia, la precariedad laboral y la sobrecarga de cuidados también influyen en la salud mental de millones de personas, especialmente de aquellas que enfrentan condiciones de desigualdad.
Así, lo plantea la Dra. Yennifer Paola Villa Rojas, académica del Centro de Humanismo Integral Ignaciano (CeHII) de la Universidad Iberoamericana, quien, a propósito del Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado el 10 de octubre, propone ampliar la conversación más allá de los diagnósticos y los tratamientos para preguntarnos cómo la sociedad produce, interpreta y atiende el sufrimiento.
Las mujeres enfrentan mayores niveles de ansiedad
De acuerdo con los indicadores de Bienestar Autorreportado (BIARE) del INEGI, citados por la investigadora, 21.8% de la población presentó indicios de ansiedad y 13.4% de depresión, esta última con un incremento de 0.8 puntos porcentuales respecto de la medición anterior.
La diferencia por género resulta significativa: mientras 26.2% de las mujeres reportó indicios de ansiedad, entre los hombres la proporción fue de 16.7%.
Para Villa Rojas, estas cifras deben analizarse considerando las condiciones materiales de vida, particularmente las desigualdades de ingresos, el trabajo doméstico no remunerado y las responsabilidades de cuidado que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres.
La especialista también plantea la necesidad de examinar cómo las ideas tradicionales sobre la masculinidad pueden influir en la manera en que los hombres reconocen y expresan su malestar emocional.
¿Atender el sufrimiento o encerrar a quienes lo experimentan?
La académica advierte que la historia de la atención a la salud mental también está atravesada por prácticas de institucionalización, aislamiento y vulneración de derechos humanos.
Desde esta perspectiva, cuestiona las respuestas que buscan corregir o eliminar conductas consideradas fuera de la normalidad, sin escuchar primero a las personas que las experimentan.
¿Qué sucede cuando un diagnóstico termina definiendo toda la identidad de una persona? ¿Cuánto espacio existe para escuchar a quienes han vivido experiencias de internamiento psiquiátrico o se reconocen como neurodivergentes?
Villa Rojas invita a incorporar las voces de sobrevivientes de la psiquiatría, personas con discapacidad psicosocial y juventudes neurodivergentes que cuestionan los modelos tradicionales de atención y reivindican su derecho a vivir sin discriminación ni temor al encierro.
Entre estas expresiones se encuentra el movimiento conocido como orgullo loco, que cuestiona el estigma asociado a las experiencias de sufrimiento psíquico y reivindica la autonomía, la diversidad y la dignidad de las personas.
Escuchar también es una forma de cuidar
La reflexión de la investigadora apunta a una contradicción social: con frecuencia se vigila o juzga a quienes se apartan de los comportamientos considerados normales, pero también se les abandona cuando necesitan acompañamiento.
Detrás de las estadísticas hay personas que pasan noches sin dormir, viven con pensamientos recurrentes o enfrentan su sufrimiento en soledad, sin redes suficientes de apoyo.
Frente a ello, Villa Rojas propone reconocer la dimensión colectiva de la salud mental, escuchar las experiencias de quienes han sido históricamente excluidos de las decisiones sobre su atención y cuestionar las prácticas que reproducen el sufrimiento.
Su llamado es a construir formas de cuidado que respeten las diferencias y permitan vivir con dignidad, autonomía y bienestar, sin que la respuesta al malestar sea automáticamente el aislamiento o la exclusión.
