Cada regreso a clases aumenta la exigencia sobre sistemas de ventilación, iluminación, climatización, acceso y distribución eléctrica en los lugares que, durante buena parte del día, sostienen la actividad de estudiantes, docentes y personal administrativo.
La discusión sobre infraestructura educativa incorpora cada vez más esas variables, y la tecnología disponible permite que una escuela conozca las condiciones de sus espacios y ajuste automáticamente distintos sistemas de acuerdo con horarios, ocupación o necesidades ambientales.
Para ABB, este tipo de gestión forma parte de la evolución hacia edificios educativos más seguros, eficientes y adaptables. Sus soluciones para instituciones educativas contemplan la centralización del control de instalaciones, monitoreo continuo y automatización de funciones con el objetivo de reducir tiempos de inactividad, mejorar la eficiencia y generar espacios adecuados para estudiantes y profesores.
“La infraestructura de una escuela tiene un impacto que muchas veces pasa inadvertido. Electricidad confiable, buena iluminación, ventilación y una gestión eficiente de los recursos permiten que el edificio responda mejor durante toda la jornada. La digitalización nos da hoy herramientas para conocer ese desempeño y tomar decisiones con información”, señala Luis Torreblanca, Building Segment Manager de ABB México.
Un salón de clases que responde a quienes lo ocupan
En un edificio convencional, iluminación, climatización, ventilación y distribución eléctrica pueden operar como sistemas independientes. La automatización permite coordinarlos y modificar su funcionamiento a partir de información como presencia, horarios, temperatura, humedad o calidad del aire.
En un aula, por ejemplo, sensores de presencia y luminosidad pueden adecuar la iluminación a las condiciones del espacio; sistemas de control térmico pueden ajustar la climatización de acuerdo con la ocupación, y sensores de calidad del aire interior permiten identificar cuándo es necesario modificar la ventilación. ABB contempla estas funciones dentro de sus arquitecturas para edificios educativos.
“Una escuela inteligente puede responder a lo que está ocurriendo en cada espacio. Saber si un salón está ocupado, cómo está su calidad del aire o qué nivel de iluminación necesita permite ajustar el edificio de forma mucho más precisa. Esa información ayuda a cuidar el confort de alumnos y docentes y también a operar las instalaciones de manera más eficiente”, explica Luis Torreblanca.
Escuelas preparadas para evolucionar
La modernización adquiere especial relevancia porque gran parte de la infraestructura que utilizaremos durante las próximas décadas ya está construida. Esto desplaza parte de la conversación hacia la capacidad de actualizar edificios existentes mediante sistemas escalables, interoperables y preparados para incorporar nuevas funciones.
Para las instituciones educativas, esta evolución también abre la posibilidad de conocer con mayor precisión cómo utilizan la energía y dónde existen oportunidades de mejora: plataformas centralizadas pueden reunir información de distintos sistemas y edificios, detectar desviaciones y apoyar esquemas de mantenimiento preventivo o predictivo.
Así, el regreso a clases ofrece una oportunidad para observar la escuela desde otra perspectiva: como una infraestructura activa con necesidades que cambian de un espacio a otro y con tecnología disponible para administrarlas de manera más precisa.
Aulas con buena iluminación, temperatura adecuada, aire monitoreado, sistemas eléctricos seguros y una operación energética eficiente forman parte de las condiciones físicas que acompañan la experiencia educativa, y preparar esos espacios para responder mejor a quienes los utilizan será una pieza cada vez más relevante en la evolución de los planteles escolares.
