Hoy en día, la manera en que las sociedades producen, consumen y desechan residuos es una de las principales preocupaciones ambientales, frente a ello, académicos de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Cuajimalpa, desarrollan proyectos de investigación, docencia y vinculación social enfocados en demostrar que los desestimados pueden convertirse en energía, nuevos componentes y oportunidades de aprendizaje, lo que permite sustituir materias primas convencionales y evitar que estos terminen como focos de contaminación.
Para la doctora Adela Irmene Ortiz López, del Departamento de Procesos y Tecnología, hablar de desperdicios resulta limitado, porque remite a algo sin utilidad haciendo alusión a algo que ya no sirve, ahora hablamos de restos porque todavía tienen valor y se puede obtener algo de estos, el lenguaje refleja un cambio de paradigma, el término “basura” ha sido desplazado de forma progresiva por el de “residuos”, al reconocer que muchos elementos aún conservan un beneficio económico, energético o productivo, subrayó.
Para la académica, esta transformación forma parte de una evolución histórica en la relación entre sociedad y medioambiente, que hoy impulsa modelos más responsables de producción y adquisición, “el residuo final de una cadena productiva puede ser el inicio de otra, ese es el principio de la economía circular”.
Uno de las iniciativas impulsadas por la doctora se centra en el aprovechamiento de restos orgánicos a través de biodigestión anaerobia, proceso biotecnológico en el que microorganismos transforman materia orgánica en biogás, de manera principal de metano y biofertilizantes, “esta innovación se aplica en colaboración con productores del suelo de conservación de la Ciudad de México, donde estudiantes participan en su implementación”.
Relató que el alumnado y el profesorado colaboraron en la puesta en marcha de un biodigestor para procesar estiércol porcino, cuyo gas puede emplearse para calentar instalaciones pecuarias y cuyo subproducto sirve como fertilizante.
En ese tenor, dentro de la Unidad Universitaria opera un biodigestor demostrativo alimentado con basura orgánica del comedor universitario, “cuando los jóvenes ven que lo que aprenden se aplica y tiene resultados visibles en sus comunidades, el aprendizaje adquiere otra dimensión”, sostuvo.
En tanto, el doctor José Campos Terán, del mismo Departamento, expuso que uno de los grandes retos no es solo tecnológico, sino cultural. Por esta razón, la Unidad Cuajimalpa implementa un programa de separación de plásticos con contenedores diferenciados para PET, envases de alta densidad y empaques flexibles instalados en distintos pisos del edificio, “se debe generar cultura, porque el problema es el cómo consumimos, cómo usamos las cosas y cómo nos deshacemos de ellas”.
El académico también desarrolla líneas de investigación orientadas a la reutilización de desechos agroindustriales en laboratorio, sobre todo materia que con normalidad sería excluido, como bagazo de agave, bagazo cervecero, piel de jitomate y cáscaras de frutas. Explicó que estos contienen azúcares, fibras y compuestos bioactivos que pueden recuperarse por métodos físicos, químicos y biotecnológicos para transformarlos en productos útiles.
En el caso de las cáscaras de frutas, se trabaja en pretratamientos para liberar carbohidratos fermentables y compuestos antioxidantes presentes en cáscaras de naranja, mango, plátano y otras frutas, que pueden funcionar como sustrato para microorganismos capaces de producir compuestos que sirvan.
Asimismo, señaló que con la piel de jitomate se estudia la recuperación de pigmentos naturales como licopeno y carotenoides, además de fibra dietética y antioxidantes con potencial aplicación en alimentos, cosmética y empaques biodegradables.
A partir de sobrantes agroindustriales se investigan rutas para obtener ácidos biológicos utilizados en la industria alimentaria, como ácido propiónico y ácido succínico.
En entrevista coincidieron que estos mecanismos biotecnológicos, posibilitan emplear restos de alimentos, materia natural residual o estiércoles para generar energía térmica, electricidad o insumos agrícolas. “Lo que hacemos es copiar un desarrollo natural y llevarlo a condiciones controladas para aprovecharlo”.
Como parte de su compromiso con la sostenibilidad, la Unidad realiza mediciones periódicas de su huella de carbono, herramienta que favorece identificar emisiones asociadas al uso energético, movilidad y operación, “el objetivo es saber dónde estamos y qué podemos mejorar como organización”, dijo.
Entre las acciones implementadas se encuentra la sustitución de luminarias convencionales por diodo luminoso, lo que ha contribuido a disminuir el gasto eléctrico.
Indicaron que la educación ambiental requiere experiencias reales donde el conocimiento científico dialogue con problemáticas concretas, la transición hacia modelos sostenibles requieren de participación colectiva de gobiernos, empresas, escuelas y ciudadanía con compromisos diferenciadas, pero complementarias, enfatizaron.
La Unidad Azcapotzalco contribuye formando ingenieros ambientales que impulsan y desarrollan diversas dinámicas de reciclaje y manejo responsable de elementos residuales en su interior, en ellas se encuentran campañas permanentes de separación de reciclables, acopio de papel y cartón, recuperación de PET y programas de reaprovechamiento de materiales empleados en talleres y laboratorios: separación por un mejor entorno, planta de composta y vinculación con el alumnado y la sociedad.
La doctora Alethia Vázquez Morillas, académica de la División de Ciencias Básica e Ingeniería, de la Unidad Azcapotzalco destacó que la sostenibilidad debe integrarse desde el diseño de productos, considerando el impacto atmosférico durante todo su ciclo de vida, “no solo se trata de reciclar, sino de diseñar mejor desde el inicio, pensando en todo el ciclo de vida de los materiales”.
Es importante integrar a la colectividad para concientizarlos haciéndolos partícipes en propuestas de concepción sustentable donde se vuelven a usar remanentes industriales y de descarte para la creación de prototipos, mobiliario, empaques y objetos con menor impacto al planeta.
Indicó que es fundamental que exista un compromiso compartido entre ciudadanos, empresas e instancias educativas para reducir la generación de residuos y mejorar su gestión, “todos participamos en el problema y, por lo tanto, todos tenemos responsabilidad en la solución”
La también integrante del Departamento de Energía, puntualizó que estas prácticas contribuyen a la comprensión de los estudiantes en la relación entre planificación, consumo y sustentabilidad desde una perspectiva aplicada, “el diseño tiene un papel clave porque define qué materiales se usan, cuánto duran y qué pasará con ellos cuando termine su vida útil”.
Separar subproductos, reducir consumos innecesarios, reutilizar componentes y entender el destino final de lo que se desecha son prácticas que, señalaron, pueden escalar desde la universidad hacia hogares, poblaciones y espacios laborales, “todo está interrelacionado, decidir qué compramos y qué hacemos con ello al final de su vida útil, es una decisión ambiental”, concluyeron.
