La calidad de vida de las personas no depende solo de la atención médica o de las decisiones individuales, comentó la doctora Oliva López Arellano, profesora investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), adscrita al Departamento de Atención a la Salud de la División de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Unidad Xochimilco, en entrevista realizada con motivo de su visita a UAM Radio 94.1 FM.

Factores como el entorno cotidiano, la posibilidad de contar con servicios públicos, la alimentación, el trabajo y las inequidades colectivas tienen un papel determinante en la forma en que las poblaciones enferman o conservan su calidad de vida, añadió.

La especialista explicó  que esta área médica constituye un campo de conocimiento y de intervención que busca comprender los procesos de sanidad y enfermedad desde una perspectiva colectiva. A diferencia de la visión clínica tradicional, centrada en el individuo, esta corriente analiza las circunstancias que influyen en la realidad de salubridad de las comunidades.

Desde esta perspectiva, la calidad de vida es entendida como un fenómeno ligado a la organización de la sociedad. Por ello, el enfoque de la medicina societal se centra en las diferencias sociales y en los factores que limitan el ejercicio pleno del derecho a la respuesta institucional ante cualquier problemática médica.

“La medicina social es una mirada humanista, de lo colectivo, que se preocupa por las disparidades, las injusticias sociosanitarias, que busca garantizar condiciones de salud digna”, señaló.

La académica resaltó que esta corriente reconoce a los habitantes como actores con capacidades y conocimientos propios para participar en la construcción de soluciones a los problemas asistenciales. “La población tiene capacidades, recursos, saberes y son sujetos de protección efectiva; no son un objeto de intervención”, subrayó.

Durante la conversación, López Arellano expuso que existe amplia evidencia que demuestra que las brechas económicas influyen de manera directa en la aparición de afecciones, el sufrimiento y la mortalidad.

Planteó que los procesos de padecimientos tienen raíces sociales más profundas. “Todas las expresiones de dolencias están producidas de forma estructural”, sumó.

La docente agregó que aspectos relacionados con la producción, el consumo, la distribución de recursos y las formas de convivencia terminan por generar contextos favorables o adversas para el cuidado de la vida. Aunque los trastornos se manifiestan en los cuerpos y en la experiencia individual, sus causas suelen estar vinculadas con dinámicas colectivas.

Ejemplificó el tema con la afección por COVID-19, la doctora consideró que la emergencia epidemiológica evidenció la importancia de contar con sistemas públicos sólidos y con capacidad de respuesta ante situaciones críticas.

“La pandemia mostró el papel de los gobiernos, de los estados y de las redes asistenciales”, afirmó. En su opinión, aquellos países que disponían de estructuras públicas fortalecidas, personal capacitado e infraestructura adecuada enfrentaron mejores situaciones para responder a la crisis.

La investigadora reconoció el papel desempeñado por el personal de primera línea del sector ante la contingencia. “Los trabajadores esenciales son esenciales y deben ser considerados así”, expresó, al tiempo que remarcó la necesidad de mejorar las situaciones laborales y de contratación.

Respecto a los retos actuales en México, indicó que uno de los principales desafíos consiste en fortalecer los servicios comunitarios y recuperar la confianza en la infraestructura sanitaria. Para ello, consideró necesario “volver al territorio, volver a los barrios y alentar la participación”.

No obstante, advirtió que persisten obstáculos derivados de décadas de políticas orientadas por criterios de mercado. “La dinámica neoliberal hizo que se convenciera a las personas de que estar sano es un privilegio y una mercancía”, sostuvo.

En ese tenor dijo que la medicina social no rechaza los aportes de la biomedicina ni del ámbito público convencional, sino que propone ampliar la mirada para comprender las causas estructurales que afectan el bienestar y avanzar hacia transformaciones que favorezcan el equilibrio poblacional.

La reflexión cobra especial relevancia en América Latina, una región donde las asimetrías siguen condicionando la vida digna de millones de personas y donde el debate sobre el acceso universal a la salud permanece vigente.

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