Por: Linda Contreras
En México, el consumo de tiburón es más común de lo que parece, aunque muchas veces pasa desapercibido por el consumidor.
En mercados y restaurantes, este producto suele venderse bajo el nombre de “cazón”, un término comercial que no corresponde a una sola especie de tiburón, sino que agrupa a distintas especies de talla pequeña.
El problema es, que esta etiqueta también puede incluir crías de especies vulnerables o incluso ejemplares que no corresponden a esa categoría, lo que dificulta la trazabilidad y el consumo informado. Así, muchas personas comen tiburón sin saberlo.
La pesca de tiburones en México forma parte de un mercado amplio que moviliza grandes volúmenes de productos marinos diariamente. En este contexto, especies como el tiburón martillo —catalogado en peligro crítico a nivel internacional, continúan siendo capturadas, pese a los desafíos de regulación y conservación de los expertos, pues su captura NO ES ILEGAL.
Además, el bajo costo del tiburón en comparación con otras proteínas (como el pollo) responde, en muchos casos, a la pesca incidental, a la sobrepesca y a la falta de controles más estrictos, lo que contribuye a su alta disponibilidad en el mercado.  Tan solo, 1 kilo de tiburón ronda entre los $50.00 y puede venderse como Bacalao (En temporada decembrina principalmente) o disfrazado como otro tipo de mariscos, pero «más económico».
Frente a este panorama, el ecoturismo responsable se posiciona como una alternativa sostenible en destinos como Playa del Carmen, Isla Mujeres y Baja California Sur. Pues actividades como el buceo con tiburones o el avistamiento de fauna marina han demostrado que un tiburón vivo puede generar hasta 4 veces más remuneración económica a largo plazo para las comunidades locales, que la pesca.
Entonces, más allá del consumo, el futuro de los tiburones en México podría depender de un equilibrio entre pesca regulada, conservación y turismo responsable.
Informarse sobre lo que consumimos y apoyar prácticas sostenibles es un paso clave para proteger no solo a estas especies, sino a los ecosistemas marinos de los que dependemos todos, porque el mar, también comienza en la Ciudad de México.

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