En el marco del Año Internacional de la Mujer Agricultora proclamado por la FAO, Slow Food le da voz a mujeres de África, Asia, Europa y América Latina para resaltar una verdad fundamental: las mujeres son la columna vertebral de los sistemas agroalimentarios del mundo, aunque su trabajo siga siendo subvalorado, mal remunerado y con demasiada frecuencia invisible.

“Las mujeres no son ‘ayudantes’ en la agricultura. Como vemos en nuestras Granjas Slow Food alrededor del mundo, ellas son agricultoras, transformadoras, emprendedoras, guardianas de semillas y lideresas comunitarias”, afirma Dalí Nolasco Cruz, miembro de la Junta de Slow Food. “Reconocer sus derechos, especialmente el acceso seguro a la tierra, es la acción más transformadora que podemos tomar para la seguridad alimentaria global. Si las mujeres dejaran de cultivar mañana, el mundo dejaría de comer. Es hora de que las instituciones pasen de las celebraciones simbólicas a los cambios estructurales.”

Los sistemas agroalimentarios son una de las mayores fuentes de empleo para las mujeres en el mundo. Según el informe de la FAO El estado de las mujeres en los sistemas agroalimentarios, el 36% de las mujeres trabajadoras en 2019 estaba empleada en estos sistemas, comparado con el 38% de los hombres. En el África subsahariana, el 66% del empleo femenino está en sistemas agroalimentarios (contra el 60% de los hombres). En Asia Meridional, la brecha es aún mayor: el 71% de las mujeres en la fuerza laboral trabaja en estos sistemas, frente al 47% de los hombres.

A pesar de su papel central, el trabajo de las mujeres es más informal, irregular, extenuante y peor remunerado. Gran parte ni siquiera es reconocido oficialmente como trabajo.

La tierra: la barrera estructural en todos los continentes

En todo el mundo, la respuesta es clara: garantizar derechos de propiedad y uso de la tierra para las mujeres.

Desde Togo hasta Grecia, de Malawi a Irán, del Camerún al Burundi y Pakistán, las mujeres identifican la propiedad de la tierra como la base de la independencia económica, la resiliencia climática, la productividad y la dignidad.

El acceso limitado a la tierra se agrava por la falta de participación en capacitaciones especializadas, las dificultades para acceder a créditos y tecnologías, y la baja representación en órganos de decisión y cooperativas. Las cooperativas lideradas por mujeres, las fincas sociales y los circuitos cortos de comercialización surgen como herramientas importantes para fortalecer la autonomía económica y el reconocimiento social, pero las barreras estructurales persisten.

Fatima Maleki, agricultora de la Granja Slow Food Reza en Irán, explica:
“El trabajo de las mujeres es esencial, pero las decisiones relacionadas con la tierra y las finanzas suelen registrarse a nombre de los hombres. Esto limita el acceso de las mujeres a préstamos bancarios, equipos y capacitación especializada. Muchos programas de apoyo no reconocen formalmente a las pequeñas agricultoras. Estas barreras estructurales impiden que se reconozca plenamente la verdadera capacidad de las mujeres en la producción de alimentos.”

Desde Bangladesh, Mahfuza Khatun, de la Comunidad Slow Food de Productores Nativos de Monoharpur, añade:
“Las mujeres rurales representan el 58% de la fuerza laboral agrícola en Bangladesh. Sin embargo, las normas patriarcales estrictas, las restricciones de movilidad y los derechos de herencia limitados restringen su acceso a la tierra, al crédito, a los insumos y a la tecnología. Sin garantías y con servicios de extensión agrícola centrados en los hombres, las mujeres quedan confinadas a actividades de pequeña escala y baja productividad, lo que limita su potencial y el del sector.”

En todas las regiones el mensaje es el mismo: sin tenencia de tierra segura y acceso equitativo a recursos, las mujeres siguen siendo centrales en la producción, pero excluidas del poder.

Pilares de la seguridad alimentaria y la biodiversidad

Las mujeres son fundamentales en la seguridad alimentaria de los hogares. Manejan huertas, diversifican las dietas, conservan las cosechas de temporada y educan a los niños sobre nutrición.

“Las mujeres son clave en los cuatro pilares de la seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad. Sin ellas, la seguridad alimentaria colapsaría”, afirma Langsi Yeloma Ruth, ambientalista y coordinadora de Slow Food para Pueblos Indígenas en Camerún.

Más allá del hogar, las mujeres son también guardianas de la biodiversidad y del conocimiento agroecológico. Conservan variedades locales de semillas, practican el compostaje y la apicultura sostenible, y transmiten saberes tradicionales de procesamiento y cocina que fortalecen la resiliencia climática.

“Las mujeres son guardianas de semillas tradicionales, recetas indígenas y prácticas agrícolas sostenibles. Conservan variedades locales y usan métodos amigables con el ambiente transmitidos por generaciones, lo que favorece la biodiversidad y la resiliencia”, añade Afshan Altaf de la Comunidad Slow Food de Potohar en Pakistán.

En Nigeria, Irán y muchas otras regiones, las mujeres preservan la diversidad de cultivos y las tradiciones alimentarias amenazadas por el cambio climático, la degradación del suelo y los sistemas alimentarios industriales.

Como señala Sahadatu Saana del Convivium Slow Food de Akkuffokrom en Ghana:
“Producir alimentos es solo una parte del sistema alimentario. Las mujeres planean comidas balanceadas con recursos limitados, se adaptan a la escasez y priorizan a los niños, a los mayores y a los enfermos. Esto determina si la comida se convierte en nutrición saludable. Sin este rol, la disponibilidad de alimentos no se traduce automáticamente en seguridad alimentaria.”

“Las mujeres son depositarias del conocimiento alimentario tradicional. Nuestro entendimiento de los alimentos locales, las plantas medicinales y las prácticas sostenibles es demasiado subestimado, aunque es fundamental para construir sistemas alimentarios saludables, resilientes y culturalmente arraigados para las futuras generaciones”, añade Wendy Gómez, coordinadora de la Granja Slow Food Casa Huerto Buena Vista en Perú.

Sin embargo, las horas dedicadas a transformar cosechas, preparar alimentos, conservarlos y transmitir saberes siguen siendo en gran parte no remuneradas y no reconocidas.

El papel oculto de la transformación alimentaria

En todos los continentes, las mujeres convierten las cosechas en alimentos y los alimentos en medios de vida.

En Togo, Ghana y gran parte del África subsahariana, las mujeres muelen mijo, sorgo y maíz; producen manteca de karité; conservan vegetales, pescado y carne; y gestionan unidades de procesamiento que producen jugos, harinas y aceites.

“Las mujeres juegan un papel muy importante en sus hogares, pues son responsables de transformar los alimentos de la familia en platos deliciosos que promueven la buena salud. Esta es una gran responsabilidad hoy, considerando la crisis que vive nuestro país y la fuerte sequía”, comenta Maricé Pérez Caro, de la Granja Slow Food Ilusión Guajira en Cuba.

En Grecia, Lilian Kouidou, de The Chilli Factor Organic Slow Food Farm, resalta la dimensión cultural de este trabajo:
“En la Grecia rural, las mujeres no son solo agricultoras. Siembran, cosechan, empacan, llevan la contabilidad, cocinan, organizan la logística y venden. El relevo generacional no solo trata de que las fincas sobrevivan, sino de que sobrevivan las tradiciones alimentarias.”

Las mujeres tienen una presencia dominante en los mercados locales, vendiendo verduras, granos, frutas, miel y alimentos preparados. En Burundi, controlan los mercados municipales; en Nigeria, algunas incluso comercian a nivel transfronterizo. Sin embargo, el acceso a mercados regionales e internacionales sigue limitado por requisitos de certificación, falta de infraestructura y poca autonomía financiera.

Del reconocimiento al cambio estructural

Empoderar a las mujeres en los sistemas agroalimentarios no es solo un asunto de igualdad de género. Es esencial para reducir el hambre, aumentar los ingresos y fortalecer la resiliencia ante las crisis climáticas y económicas.

Slow Food llama a reformas estructurales concretas que incluyan:

  • derechos de propiedad y uso de la tierra para las mujeres,
  • igualdad de acceso al crédito, seguros, insumos y tecnología,
  • reconocimiento del trabajo no remunerado y del trabajo poscosecha,
  • apoyo a iniciativas agroecológicas lideradas por mujeres y a la protección de la biodiversidad,
  • participación equitativa en cooperativas y espacios de toma de decisiones.

En este Día Internacional de la Mujer, Slow Food insta a los gobiernos, instituciones financieras y organismos internacionales a convertir el reconocimiento en derechos exigibles y a asegurar que las agricultoras dejen de ser pilares invisibles para convertirse en lideresas reconocidas de los sistemas alimentarios del mundo.

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