El precio del diésel es una de las variables que pueden modificar los costos operativos de una flota durante el año. Un incremento sostenido impacta directamente el presupuesto de las empresas de transporte y distribución, especialmente aquellas que recorren miles de kilómetros mensuales. Con la planeación financiera de 2027 en marcha, la electrificación comienza a formar parte de una decisión ejecutiva que va más allá de renovar vehículos: cómo reducir la exposición a la volatilidad de los combustibles y mejorar la rentabilidad de la operación.

En México, el transporte carretero movilizó 572 millones de toneladas de carga durante 2024, equivalentes al 58.3% de la carga transportada en el país, de acuerdo con datos de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT). Para las compañías que dependen de estas operaciones, cada variación en los costos de energía, mantenimiento y disponibilidad puede acumularse a lo largo de miles de kilómetros recorridos.

La comparación entre un vehículo eléctrico y uno de combustión no puede limitarse al precio de adquisición. El Costo Total de Propiedad (TCO, por sus siglas en inglés) permite evaluar la inversión y los costos asociados a la operación durante un periodo determinado, incluyendo energía, mantenimiento, infraestructura, disponibilidad, depreciación y valor residual. Al relacionar estos costos con los kilómetros recorridos, las empresas pueden identificar qué alternativa resulta económicamente más conveniente para sus necesidades.

“Cuando una empresa evalúa la electrificación de su flota, la conversación no debería comenzar y terminar en cuánto cuesta adquirir una unidad. Lo importante es entender cómo va a operar: cuántos kilómetros recorrerá, dónde y cuándo podrá cargar, cuáles serán sus requerimientos de mantenimiento y durante cuánto tiempo estará en servicio. La electrificación tiene que responder a una necesidad real de la operación y también tener sentido para el negocio”, señaló Manuel Genel, director de BYD Trucks México.

La rentabilidad de una flota también puede medirse desde distintas perspectivas. Además del costo por kilómetro, indicadores como el costo por entrega, por tonelada transportada o por ruta completada permiten relacionar los gastos operativos con la productividad real de los vehículos.

Por ejemplo, si una unidad registra un costo operativo mensual de $60,000 pesos y recorre 5,000 kilómetros, su costo operativo es de $12 por kilómetro. Si durante ese periodo completa 1,000 entregas, el costo operativo equivale a $60 por entrega. Este ejercicio ilustrativo demuestra que una misma operación puede analizarse desde distintas métricas, aunque una evaluación de TCO también debe incorporar la inversión, depreciación y demás costos asociados al vehículo.

Para BYD Trucks México, existen siete variables que las empresas deberían analizar antes de tomar una decisión de electrificación:

  1. Kilometraje y patrón de operación. No basta con conocer los kilómetros recorridos al año. Una ruta urbana con múltiples paradas, aceleraciones y frenados presenta un perfil de consumo energético diferente al de una ruta suburbana de velocidad constante. La carga transportada, la frecuencia de los recorridos y los periodos de inactividad también modifican el resultado.
  2. Costo energético. La comparación debe considerar el consumo real de electricidad frente al diésel, las tarifas aplicables, los horarios de carga y los escenarios de variación de precios. Evaluar distintos escenarios de incremento del combustible permite dimensionar la exposición financiera de una flota convencional y el potencial de la electrificación para reducir ese riesgo.
  3. Infraestructura de carga. La inversión no se limita a los cargadores. También deben contemplarse las instalaciones eléctricas, posibles obras civiles, sistemas de gestión de carga, capacidad eléctrica disponible, demanda máxima y mantenimiento de los equipos. Estos elementos influyen tanto en la inversión inicial como en la continuidad operativa.
  4. Los costos de servicio deben proyectarse durante toda la vida útil de la unidad. En los vehículos eléctricos, las características del tren motriz y sus requerimientos de mantenimiento son diferentes a los de combustión, por lo que la comparación debe considerar los costos asociados a cada tecnología.
  5. Disponibilidad operativa. El tiempo efectivo de trabajo determina la productividad de una unidad. La autonomía, los tiempos de carga, la programación de rutas y las ventanas de operación deben analizarse conjuntamente para evitar que la transición tecnológica afecte las entregas o el nivel de servicio.
  6. Vida útil y degradación de baterías. El horizonte de uso modifica el resultado financiero. La capacidad de la batería puede disminuir gradualmente con el tiempo, dependiendo de factores como los ciclos de carga, la temperatura y las condiciones de utilización. Por ello, es importante evaluar las garantías, la vida útil estimada y el comportamiento esperado de la batería durante el periodo de operación.
  7. Valor residual. El valor de reventa o recuperación al finalizar el ciclo de uso también forma parte del TCO. Aunque el mercado de vehículos eléctricos comerciales usados continúa desarrollándose, incorporar distintos escenarios de valor residual permite construir proyecciones financieras más completas.

Estas variables demuestran que dos unidades del mismo modelo pueden presentar costos totales de propiedad diferentes, dependiendo de cómo, dónde y durante cuánto tiempo se utilicen.

Una de las preguntas más relevantes para los responsables financieros y de operaciones es a partir de cuántos kilómetros anuales un vehículo eléctrico puede resultar económicamente más conveniente que uno de diésel. No existe un umbral universal: el punto de equilibrio depende de la diferencia en el precio de adquisición, el costo de la energía, el mantenimiento, la infraestructura requerida, el kilometraje y el horizonte de uso.

A mayor utilización, los posibles ahorros operativos pueden distribuirse sobre una mayor cantidad de kilómetros, lo que favorece la recuperación de una inversión inicial más elevada. Sin embargo, cada empresa necesita calcular su propio punto de equilibrio y evaluar distintos escenarios antes de comprometer recursos.

“No todas las operaciones tienen que electrificarse de la misma manera ni al mismo tiempo. Una transición bien planeada comienza por entender la operación e identificar dónde la tecnología puede generar mayor valor. Cuando hacemos esa cuenta completa, dejamos de mirar únicamente cuánto cuesta adquirir el vehículo y empezamos a entender cuánto cuesta operar a lo largo del tiempo”, agregó Genel.

Para las empresas que están definiendo sus presupuestos de 2027, el análisis representa una oportunidad para identificar qué rutas y unidades pueden electrificarse primero, qué infraestructura necesitan y bajo qué condiciones financieras la inversión resulta conveniente.

La decisión ya no consiste únicamente en determinar cuánto cuesta comprar un vehículo eléctrico, sino en entender cuánto cuesta mover cada kilómetro, completar cada entrega y mantener la operación durante toda la vida útil de la flota, reduciendo riesgos y fortaleciendo la competitividad del negocio.

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