Cada septiembre, la conversación sobre independencia suele concentrarse en la autonomía política y en la construcción de un país capaz de tomar sus propias decisiones. Sin embargo, para millones de familias, existe otra forma de independencia que se pone a prueba todos los días: la posibilidad de enfrentar una enfermedad o un accidente sin perder el control de sus finanzas.

De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el gasto de bolsillo en salud representa alrededor de 3% del gasto total de los hogares en México, pero puede superar 30% cuando una persona enfrenta una emergencia o requiere atención médica especializada. La diferencia entre ambos porcentajes muestra cómo un gasto aparentemente manejable puede convertirse en una presión patrimonial severa.

Un análisis de la consultora NielsenIQ⁠ muestra que entre 2016 y 2024 el gasto de los hogares en atención médica aumentó 110%, el mayor crecimiento entre todas las categorías de consumo analizadas.

El promedio, sin embargo, puede ocultar la desigualdad del impacto. Mientras una consulta o la compra de medicamentos puede incorporarse al presupuesto mensual, una hospitalización, una cirugía o un diagnóstico que exige seguimiento prolongado cambia por completo la estructura financiera de un hogar.

“Una emergencia médica puede modificar las decisiones económicas de una familia durante meses o años. Por eso, hablar de independencia financiera implica preguntarnos qué tan preparados estamos para enfrentar un evento inesperado sin perder nuestra capacidad de elegir”, señala Marcela del Águila, directora médica de Sofía.

Un mercado con baja protección

La exposición financiera es mayor en un país donde la cobertura privada todavía tiene una penetración limitada. Según datos de la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS), solo uno de cada diez mexicanos cuenta con un seguro médico privado. La mayoría depende de los servicios públicos, del pago directo o del apoyo de familiares cuando necesita atención médica.

La protección también es reducida en el ámbito laboral. Apenas 7% de las empresas ofrece seguro de salud como prestación, de acuerdo con información de la compañía. Esto deja a muchos trabajadores sin una red adicional para atenderse y puede provocar que retrasen consultas, continúen trabajando enfermos o lleguen tarde a un diagnóstico.

Para las empresas, el costo no se limita a la atención médica. Una condición no atendida puede traducirse en ausentismo, menor productividad, rotación de personal y mayores gastos cuando el problema se agrava.

“La protección en salud debe verse como una decisión de planeación y no como un producto que se utiliza únicamente cuando llega una crisis. Tener acceso oportuno al diagnóstico y al seguimiento puede evitar que un problema médico termine convirtiéndose también en un problema financiero”, explica Del Águila.

El reto para México está en pasar de una cultura reactiva —atenderse cuando el problema ya es urgente— a una lógica de prevención, acceso y continuidad. Para las familias, esto implica incorporar la salud a la planeación financiera. Para las empresas, significa entender que las prestaciones médicas forman parte de la estabilidad y sostenibilidad de su fuerza laboral.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *