El suelo sostiene funciones críticas de cualquier ciudad, pero rara vez entra en la conversación pública. En la Ciudad de México, cerca del 59% del territorio es suelo de conservación: una infraestructura natural que regula el agua, captura carbono y permite la producción de alimentos.
Su deterioro, sin embargo, avanza en paralelo. A nivel global, más del 33% de los suelos presenta algún grado de degradación (FAO).
Una parte de esa presión no proviene del campo, sino de la ciudad y, en particular, de cómogestiona sus residuos.
En ese cruce (entre consumo, materiales y manejo de desechos) se definen decisiones que impactan directamente la capacidad de regeneración del suelo. La Asociación Mexicana de Bioplásticos (AMBio) identifica cinco puntos donde ese sistema se gana o se pierde:
Separar los residuos orgánicos desde el origen sigue siendo el punto de partida. En la capital, alrededor del 48% de los residuos urbanos es orgánico. Cuando esa fracción se mezcla, pierde valor y limita procesos como el compostaje. La calidad del suelo empieza en la separación.
El desperdicio alimentario es otro eslabón crítico. El Food Waste Index Report del PNUMA estima que el 19% de los alimentos disponibles para los consumidores se desperdicia a nivel global. Más que un problema de eficiencia es una pérdida directa de nutrientes que podrían reincorporarse al suelo y mejorar su fertilidad.

El compostaje, por su parte, funciona como una infraestructura invisible que reconecta ciclos. El Panel Técnico Intergubernamental de Suelos (ITPS) ha documentado que estas prácticas incrementan el carbono orgánico, mejoran la estructura del suelo y aumentan su capacidad de retención de agua. No es un complemento: es una pieza operativa del sistema urbano.
Las decisiones sobre materiales también entran en juego. La contaminación de residuos orgánicos con otros desechos limita su aprovechamiento. Diseñar materiales compatibles con procesos biológicos se vuelve una condición para cerrar ciclos. En ese sentido, los bioplásticos compostables pueden facilitar la recolección diferenciada y el tratamiento de residuos orgánicos, siempre que existan estándares claros y capacidad instalada para procesarlos.
Finalmente, está la escala territorial. La Ciudad de México no es un sistema aislado: lo que se descarta en la zona urbana impacta directamente en suelos agrícolas periurbanos. Reducir la presión sobre rellenos sanitarios y fortalecer economías locales depende, en parte, de cómo se gestionan esos flujos.
El suelo no se degrada de forma espontánea. Responde a decisiones acumuladas: qué consumimos, cómo lo separamos, con qué materiales operamos y qué hacemos con los residuos.
Integrar compostaje y materiales compostables en esa lógica no es una tendencia; es una condición para sostener la infraestructura viva que mantiene operando a la ciudad.
