Una lluvia interminable inunda calles y plazas, detiene tranvías y sumerge a la ciudad en un estado de suspensión. Bajo ese diluvio, una vecindad del Centro Histórico se convierte en el epicentro de las múltiples vidas que Antolina Ortiz Moore retrata en El día que no paró de llover (Tusquets, 2025), una novela tan conmovedora como realista.
Mientras el agua lo cubre todo, se despliegan historias de deseo, miedo, violencia y esperanza. Las voces de los vecinos —como en una radionovela interrumpida por canciones de bolero— se entrelazan para formar un mosaico íntimo y colectivo, una reconstrucción histórica cargada de sensaciones que apelan a todos los sentidos, de fondo el ruido que el gobierno y la prensa quiere convertir en silencio: las mujeres muertas que empiezan a aparecer.
Con la lluvia y una radionovela de fondo, El día que no paró de llover de Antolina Ortiz Moore nos sumerge en la vida privada que los habitantes de una vecindad del centro de la Ciudad de México en 1951. Las que a simple vista pueden parecer vidas muy alejadas se entrelazan en el cotidiano y cada historia íntima se convierte en un retrato del contexto sociocultural y político de una época.
Los capítulos están divididos en los días de una semana en la no paró de llover en la Ciudad de México ocasionando inundaciones, así mismo, durante cada día podemos vislumbrar un poco más de la vida de los vecinos, desde los exiliados que extrañan su patria, un niño con poliomielitis que sueña con volar aviones y los muy diferentes tipos de personajes femeninos atravesados por sus circunstancias en un país donde las luchas de las mujeres por conseguir igualdad apenas están comenzando.
Reconstrucción histórica
La novela transporta al lector a la Ciudad de México de 1951, un periodo de posguerra caracterizado por la modernización urbana, la expansión de servicios y la llegada de comunidades migrantes y refugiadas. La lluvia, que se convierte en personaje, refleja la incertidumbre y el clima político de la época, uniendo lo atmosférico con lo emocional. Por un lado, se pueden ver las pinceladas del feminismo de la primera mitad del siglo XX a través de los personajes de Inés, una maestra feminista; Luana, una joven estudiante que cuida a su abuela y que sueña con ser doctora o Pascuala, una mujer que abortó en Francia. Por el otro lado, nos enteramos —a través de susurros de los vecinos mismos— del asesinato de mujeres.
La autora articula el relato con un ritmo que recuerda a la radionovela, salpicado de referencias musicales de la época —sobre todo boleros—, generando un tono melancólico y envolvente. La oralidad se convierte en vehículo narrativo: los diálogos y monólogos internos suenan auténticos, casi improvisados, pero responden a una cadencia calculada que alterna tensión, lirismo y pausas dramáticas.
La Ciudad de México bajo el agua
La lluvia incesante es metáfora de las adversidades que enfrentan los personajes: discriminación, enfermedad, violencia y duelo. Sin embargo, la novela destaca la capacidad de resistir, adaptarse y encontrar belleza en lo cotidiano. Esta resistencia no siempre se manifiesta en grandes gestos heroicos, sino en acciones pequeñas: una conversación compartida, una canción que se canta a medias, un gesto de cuidado entre los vecinos.
Aunque El día que no paró de llover está profundamente arraigada en la Ciudad de México de mediados del siglo XX, la novela aborda temas universales: la migración, la exclusión social, la identidad, el deseo, la memoria y la esperanza. Esto le permite dialogar con lectores de contextos muy distintos, encontrando en lo local un espejo para problemáticas globales.
