Durante años, en México los hechos de tránsito se han tratado como “accidentes”, pero la evidencia muestra que no son fortuitos: responden a decisiones de diseño urbano y de gestión de la movilidad. Hoy el país enfrenta una “meseta alta de mortalidad”, con cifras que apenas disminuyen pese a contar con diagnósticos claros.

El cambio más preocupante es el aumento del uso de la motocicleta como herramienta de trabajo sin condiciones seguras. En 2024 murieron 6,749 motociclistas, 41.3% del total de fallecimientos viales. Aunque los siniestros totales bajaron ligeramente, la letalidad se mantiene alta, señal de impactos más violentos asociados a velocidad y a un parque vehicular en crecimiento.

El diseño urbano sigue privilegiando a los autos sobre la seguridad de las personas: 76% de las muertes corresponde a peatones, ciclistas y motociclistas, y solo en 2024 fallecieron 5,511 peatones. Además, el riesgo varía según el territorio y se agrava en carreteras de alta velocidad.

A esto se suma un récord de 49,711 personas con lesiones graves, principalmente jóvenes en edad productiva, con consecuencias sociales y económicas de largo plazo.

México está lejos de cumplir la meta internacional de reducir estas muertes hacia 2030. El reto no es técnico, sino político: pasar de administrar el tránsito a rediseñar el sistema vial bajo el enfoque de Sistema Seguro, donde los errores humanos no se paguen con la vida.

 

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