Por Griscelda Ramos, Directora de Sustentabilidad de Natura
Durante años hemos hablado de la urgencia de transformar el modelo económico lineal que domina nuestra forma de producir y consumir. Ese debate da un paso decisivo a la acción con la entrada en vigor de la Ley General de Economía Circular (LGEC), que fue publicada en el Diario Oficial de la Federación el pasado 19 de enero de 2026. Lo cual establece un nuevo marco para avanzar hacia un desarrollo más sostenible, competitivo y responsable en México.
Desde la perspectiva empresarial, esta ley representa mucho más que una obligación normativa. Es una señal clara de que la economía circular deja de ser un esfuerzo voluntario para convertirse en una estrategia de país. En Natura, donde la circularidad ha sido parte del modelo de negocio desde hace años, vemos esta legislación como una oportunidad para acelerar transformaciones que el país ya no puede postergar.
Uno de los pilares más relevantes de la ley es la Responsabilidad Extendida del Productor (REP). Al establecer que productores e importadores asuman obligaciones a lo largo del ciclo de vida de sus productos, la LGEC redefine el rol de las empresas. Ya no basta con colocar productos en el mercado: es indispensable hacernos corresponsables de su impacto, desde el diseño hasta el final de su vida útil. La creación del Registro de Economía Circular permitirá dar mayor trazabilidad y transparencia a estos compromisos.
En Natura hemos trabajado bajo este principio desde hace tiempo. Un ejemplo concreto es nuestro sistema de repuestos, que permite a los consumidores reutilizar los envases originales y reducir de manera significativa la generación de residuos. Este modelo no solo disminuye el uso de plástico, sino que también demuestra que la circularidad puede ser accesible, escalable y valorada por los consumidores cuando se integra de forma inteligente al diseño del producto.
Otro avance clave de la ley es el impulso al diseño circular y la extensión de la vida útil. Promover productos más durables, reparables y reciclables, y restringir prácticas que limiten su aprovechamiento circular cuando existen alternativas viables, confirma algo fundamental: la sostenibilidad no se corrige al final del proceso, se construye desde el origen. En nuestro caso, esto se refleja en el uso creciente de materiales reciclados y de origen renovable, así como en el diseño de envases pensados para reincorporarse al ciclo productivo.
La introducción del Distintivo Nacional de Economía Circular, con vigencia de tres años, envía también un mensaje relevante al mercado. Reconocer a las empresas que cumplen criterios claros y ofrecerles ventajas competitivas, como preferencia en adquisiciones públicas, alinea sostenibilidad con incentivos económicos reales.
El proceso para llegar a esta ley no fue sencillo. Requirió diálogo y la convergencia de múltiples actores. Precisamente por ello, la LGEC establece principios generales y abre la puerta a una implementación gradual que exigirá colaboración entre gobierno, empresas y consumidores.
El verdadero desafío comienza ahora. Convertir esta ley en resultados tangibles dependerá de nuestra capacidad de pasar del cumplimiento a la acción. México tiene hoy una oportunidad histórica: usar la economía circular no solo para reducir impactos ambientales, sino para redefinir su modelo de desarrollo. Desde el sector empresarial, el compromiso es claro: ser parte activa de esa transformación.
