El acoso laboral (mobbing) y un liderazgo deficiente imponen un costo directo y medible a la economía de las empresas en México, donde los trastornos mentales ya son la segunda causa de incapacidad temporal laboral. El principal lastre financiero es el «presentismo» —empleados que asisten a su puesto, pero cuyo rendimiento es mínimo debido al estrés—, sumado al gasto directo de reclutamiento y capacitación para reemplazar al talento que huye de entornos tóxicos.
La magnitud del problema se refleja en una serie de indicadores. Durante el primer trimestre del año, las renuncias motivadas por acoso y riesgo psicológico se incrementaron un 15 por ciento. Estas dimisiones ya representan el 17 por ciento del total de los abandonos de empleo en el país, según datos de la Asociación Mexicana en Dirección de Recursos Humanos (AMEDIRH) basados en la ENOE.
Este panorama se agrava por un estado generalizado de agotamiento. El informe State of the Global Workplace 2024 de Gallup revela que el 42 por ciento de los empleados en México experimentó estrés durante gran parte del día anterior. Estas cifras son consistentes con el contexto global, donde 1 de cada 5 trabajadores ha sufrido acoso o violencia laboral, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
A nivel nacional, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) documenta que el 20.8 por ciento de las mujeres ha sido víctima de violencia psicológica en su trabajo, demostrando la urgencia de atender el problema también desde una perspectiva de género.
Este éxodo de talento, enmarcado en la reciente Semana Nacional de Salud Pública del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), destapa una crisis que devasta la salud mental de los trabajadores e impone un alto costo a la productividad nacional, reflejando una fracción del billón de dólares que la ansiedad y la depresión le cuestan anualmente a la economía global, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La evidencia apunta a una falla estructural en los modelos de liderazgo. Un reporte del Instituto del Propósito y Bienestar Integral (IPBI) de la Universidad Tecmilenio muestra que la percepción de los empleados sobre el interés de sus líderes en su bienestar cayó de 4.10 a 3.90 (en una escala de 5) entre 2021 y 2024.
«Un ambiente laboral tóxico reduce la productividad. El impacto se manifiesta en costos directos como el ausentismo y la alta rotación, pero también en costos indirectos como el presentismo», afirma Rosalinda Ballesteros, directora del IPBI.
Esta desconexión anula en la práctica las políticas corporativas. A pesar de que el 71 por ciento de las empresas afirma contar con protocolos contra la discriminación, la prevalencia del acoso demuestra una brecha profunda entre los manuales de conducta y la realidad operativa.
Para prevenir el mobbing es una necesidad estratégica que requiere un compromiso visible desde la alta dirección. Las organizaciones deben implementar un enfoque multifactorial para construir entornos laborales seguros:
Formalizar funciones y responsabilidades para dar certeza a cada colaborador sobre sus tareas y las de sus superiores. Implementar sistemas de evaluación de desempeño justos y objetivos, que minimicen la subjetividad y el favoritismo. Invertir en la capacitación de un liderazgo ético y empático, que vaya más allá de las habilidades técnicas. Establecer canales de denuncia seguros e imparciales, como comités de ética, que protejan al denunciante y garanticen la confidencialidad.
