El éxito o fracaso de la reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas en México depende de una estrategia eficiente de implementación, el rediseño de los modelos de trabajo y la capacidad de adaptación de las organizaciones y los colaboradores, así lo revelan experiencias relevantes de otros países latinoamericanos como Chile y Colombia donde este proceso ya está en marcha.

Para empresas que ya trabajan al límite con márgenes ajustados, este cambio podría ser percibido como un «impuesto laboral indirecto». Las PyMEs más pequeñas (menos de 50 empleados) no tienen holgura financiera ni estructura organizativa para cubrir fácilmente estas brechas.

Por ello, organismos como Concanaco-Servytur, han planteado que para la implementación de este nuevo esquema resulta indispensable la implementación de apoyos como subsidios al salario, incentivos fiscales y segmentación de empresas por tamaño, industria y por región (no es lo mismo una empresa de software que una de soldadura industrial). Capacitación gratuita en eficiencia operativa, digitalización y cultura del desempeño.

Al respecto, Andrés Gómez, country manager de la empresa de Recursos Humanos, Buk México señala que “reducir las horas laborales no tiene que ser sinónimo de pérdida de productividad. Puede convertirse en una oportunidad para repensar cómo trabajamos y observar cómo se están rediseñando los modelos laborales en países, como Chile y Colombia, para mantener así la productividad, sin descuidar el bienestar, la salud y el compromiso de los colaboradores”.

En Chile, por ejemplo, donde la jornada se está reduciendo de forma progresiva de 45 a 40 horas, el 95 por ciento de los colaboradores ya trabaja bajo esquemas de 44 horas o menos, y los contratos de 45 horas han caído del 74 al 14 por ciento en tan solo dos meses manteniendo la productividad que se tenía previamente, es decir se sigue produciendo lo mismo con un menor número de horas laboradas.

Las experiencias internacionales contrastan con la situación actual en México, donde las jornadas laborales se encuentran entre las más extensas de la OCDE. De 2022 a la fecha, el país ha registrado un promedio de 2,226 horas trabajadas al año por persona, frente a 1,751 en el promedio del bloque. Sin embargo, la productividad por hora trabajada —medida como PIB por hora ajustado por poder de compra— fue de apenas 25.5 dólares, menos del 40 por ciento del promedio de los países desarrollados. Estos datos sugieren que una mayor cantidad de horas trabajadas no necesariamente se traduce en mayor productividad, lo que abre la oportunidad de repensar los modelos laborales con un enfoque en eficiencia y equilibrio.

En México, la posibilidad de reducir la jornada laboral genera preocupaciones legítimas, principalmente por el impacto que podría generar entre las pequeñas y medianas empresas por su estructura operativa. No obstante, estos riesgos estarían asociados a una implementación abrupta sin apoyos de transición, el reto es cómo implementar dicha disminución de la jornada laboral entre las PyMes de manufactura directa que al tener menos tiempo disponible a los colaboradores en sus líneas de producción se verán forzadas a contratar más personal y cómo evitar que esto se traduzca en una espiral inflacionaria por una posible alza de precios.

En este contexto, además de las implicaciones operativas, también resulta relevante considerar el efecto que los modelos laborales tienen sobre las personas, pues el diseño de las jornadas laborales no solo influye en la estructura de las empresas, sino también en la salud, la motivación y el desempeño de los equipos.

Datos recientes del Informe de Burnout Laboral 2025, demuestran que uno de cada cuatro colaboradores mexicanos insatisfechos con su horario padece burnout frecuente, lo que reduce su eficacia en al menos un 10 por ciento. Por el contrario, quienes laboran en entornos equilibrados no sólo son más efectivos, sino también muestran un compromiso superior con sus responsabilidades.

En un entorno regional donde el 46 por ciento de los trabajadores ha experimentado burnout, la discusión sobre las 40 horas semanales representa una oportunidad para repensar el trabajo, incorporar la tecnología, priorizar el bienestar y avanzar hacia modelos laborales más sostenibles.

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