Cada 24 de enero se conmemora el Día Internacional de la Educación, una fecha proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas para reconocer el papel central que ésta desempeña en la paz, el desarrollo sostenible y la cohesión social. La educación es, sin duda, un derecho humano fundamental, un bien público y una responsabilidad colectiva. Conmemorar esta fecha, sin embargo, exige ir más allá de lo obvio: obliga a preguntarnos qué tipo de educación estamos promoviendo y si realmente se traduce en mayores oportunidades y una mejor calidad de vida.

Hoy, más de 250 millones de niñas, niños y jóvenes permanecen fuera del sistema escolar y 763 millones de personas adultas no saben leer ni escribir. Esta exclusión educativa sigue siendo una vulneración inaceptable de derechos y explica por qué su alcance continúa siendo una prioridad global. Pero el desafío no termina ahí. Contar con posibilidades de formación no garantiza, por sí mismo, mejores condiciones de vida. En el marco del Día Internacional de la Educación, es indispensable reconocer que la equidad solo se produce cuando logra transformar de manera efectiva las condiciones reales de vida y trabajo, particularmente en el caso de las mujeres.

Educación que no se traduce en oportunidades

En México existe una desconexión considerable entre la preparación académica y el mundo del trabajo. Hoy, las mujeres representan el 54.4 % de las personas graduadas de educación superior, pero menos de la mitad participa en el mercado laboral. Se trata de una de las distancias más amplias entre formación académica y participación económica femenina en la región. El dato confirma que el desafío no radica en la preparación, sino en un sistema que no logra absorber, sostener ni potenciar el talento de mujeres altamente calificadas en su tránsito de la escuela al trabajo.

“Durante décadas se nos dijo que estudiar bastaba para alcanzar la igualdad. Sin embargo, los datos muestran otra realidad: si bien las mujeres están más preparadas, ese capital académico no se convierte necesariamente en una inserción laboral equivalente. Muchas continúan subempleadas, mal remuneradas y fuera de los ámbitos donde se toman decisiones. La distancia ya no está solo en el punto de partida, sino en lo que ocurre después: qué posibilidades reales ofrece de convertirse en poder económico y de participar en la definición de reglas y condiciones”, señala Ivonne López Vázquez, CEO y fundadora de Estimada Rebel.

Aun cuando más mujeres participan en el mercado laboral, lo hacen desde posiciones más inestables y con recorridos profesionales más frágiles. La preparación no alcanza cuando el entorno laboral no permite convertirla en ingresos justos, independencia y margen de negociación. Esta exclusión se vuelve especialmente visible en las posiciones directivas: según el informe Women in Business de Grant Thornton, en México 8 % de las empresas no tiene ninguna mujer en puestos de liderazgo y 13.5 % cuenta con solo una en su alta gerencia. La formación abre el camino, pero no asegura un lugar en la mesa donde se toman las decisiones.

De acuerdo con el informe Desigualdad salarial de género en América Latina de la Organización Internacional del Trabajo, aunque la participación laboral femenina ha aumentado en la región, las desigualdades salariales no se han reducido de forma sustantiva en la última década. En varios países, las mujeres han superado a los hombres en niveles de estudio, incluida la educación superior, pero continúan recibiendo menores ingresos y peores condiciones laborales.

El mismo documento advierte que las mediciones salariales tradicionales tienden a subestimar la desigualdad. Al ajustar variables como el sector de actividad y las horas trabajadas, la diferencia entre mujeres y hombres se amplía: en promedio, las mujeres en la región ganan 19.8 % menos por ingresos comparables. En otras palabras, por cada peso que percibe un hombre, una mujer recibe apenas 80 centavos. En estos casos, la desigualdad no desaparece; simplemente se disimula.

Este diagnóstico no es una opinión. Como documenta el informe Women, Business and the Law 2024 del Banco Mundial, la desigualdad que enfrentan las mujeres es estructural: a nivel global cuentan con apenas dos tercios de los derechos legales de los hombres y menos del 40 % de los mecanismos necesarios para garantizar la igualdad salarial están en marcha. El resultado es una exclusión persistente, muchas veces normalizada, que se manifiesta en mayor inestabilidad laboral, ingresos más bajos y una presencia marginal en los ámbitos donde se definen rumbos y prioridades..

“La desigualdad persiste porque una mayor preparación no siempre se traduce en mejores condiciones para las mujeres. El problema es un sistema sostenido por narrativas sociales caducas sobre el trabajo, el mérito y el rol de las mujeres. Estas ideas siguen penalizando la maternidad, tratando las interrupciones laborales como fallas personales y trasladando la conciliación al ámbito individual. Todo ello debilita la posición económica de las mujeres y limita su capacidad de negociación y decisión, con un costo alto para el conjunto de la sociedad. La autonomía económica, en cambio, tiene un impacto social directo: permite a las mujeres elegir —y también rechazar— entornos, roles y oportunidades que no se alinean con su proyecto de vida, y contribuye a romper la reproducción de desigualdades dentro y fuera del mercado laboral”, afirma López Vázquez.

Volver al Día Internacional de la Educación desde estos datos cambia el sentido de la conmemoración. No se trata únicamente de ampliar el acceso educativo, sino de interrogarnos sobre su capacidad real de transformación. El desafío hoy es reimaginarla como una herramienta estratégica para transformar trayectorias, abrir oportunidades y construir agencia real. Solo así será lo que promete: un motor efectivo de equidad, desarrollo y crecimiento para las mujeres.

 

 

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