Por Alejandro H Garza Salazar, director de inversiones y fundador de Aztlan Equity Management

El nearshoring volvió a ocupar titulares en 2026 por las razones equivocadas: amenazas arancelarias, revisión del T-MEC, tensiones geopolíticas y una renovada retórica confrontacional desde Washington.

Sin embargo, mientras los mercados reaccionan con volatilidad y los medios amplifican el ruido político, el capital —silenciosamente— sigue votando a favor de Norteamérica.

El término nearshoring se atribuye a la firma mexicana de software y tecnología Softtek, que desde 1997 acuñó el concepto para describir la relocalización de servicios —en su caso, desarrollo de software— desde India hacia México, principalmente para corporativos estadounidenses. Fundada en 1982 por Gerardo López García y Juan Gilberto Sánchez, y consolidada bajo el liderazgo de Blanca Treviño como cofundadora, presidenta y CEO, Softtek se convirtió en un referente global de servicios de TI y en una figura clave de la industria tecnológica latinoamericana.

Desde entonces, el concepto ha evolucionado y adquirido nuevos bríos, particularmente a partir del primer mandato de Donald Trump en 2017. Aquel año marcaría el inicio de una etapa de tensiones comerciales que derivaron en una fuerte depreciación del peso frente al dólar: de niveles cercanos a 19 por dólar al inicio de su mandato, la moneda mexicana superó los 24 pesos en marzo de 2020.

Entre aquel episodio y hoy media una pandemia que expuso la fragilidad de las cadenas productivas globales construidas durante cuatro décadas, los riesgos geopolíticos de concentrar manufactura en Asia y el resurgimiento de distintas expresiones de populismo a nivel global.

Situados a comienzos de 2026, y mirando hacia las próximas décadas del siglo XXI, no sorprende observar cómo los mercados financieros y los medios vuelven a estremecerse ante escenarios disruptivos: desde eventuales intervenciones en Venezuela y ambiciones territoriales en el Ártico, hasta amenazas de acciones unilaterales contra cárteles en territorio mexicano y, por supuesto, la revisión del T-MEC que tendrá lugar este verano.

La incertidumbre política seguramente persistirá. La pregunta relevante es otra: ¿equivale este entorno a una caída estructural en la inversión, en las utilidades corporativas o en la viabilidad económica del nearshoring? En mi experiencia, la respuesta es clara: no.

En los negocios y en las inversiones, más allá del ciclo político, lo que finalmente gobierna es la lógica industrial y comercial. Incluso en un entorno de retórica confrontacional, conviene preguntarse: ¿qué prefieren las corporaciones estadounidenses para maximizar utilidades y reducir riesgos? ¿Proveedores eficientes en la frontera con México y Canadá, o cadenas de suministro del otro lado del mundo, expuestas a tensiones geopolíticas crecientes? Y desde la óptica de la seguridad nacional, ¿es preferible rodearse de socios estratégicos o de adversarios potenciales?

Esa es, en esencia, la lógica que sostiene al nearshoring en 2026.

En Aztlan Equity hemos procurado interpretar estas tendencias seculares y traducirlas en estrategias de inversión de largo plazo. Nuestro ETF temático de nearshoring, listado en la Bolsa de Nueva York bajo el ticker NRSH, ofrece un ejemplo ilustrativo: durante las primeras dos semanas de enero de 2026 acumuló una plusvalía cercana al 12% en dólares, frente a un avance de apenas 1% del S&P 500, aun en medio de volatilidad e incertidumbre sobre la relación comercial regional.

Más allá de un caso particular, este desempeño refleja una tendencia estructural. Hoy el fenómeno del nearshoring abarca a los tres países de Norteamérica, con Estados Unidos como eje central. En nuestro índice, 93% de las empresas son estadounidenses y el resto se distribuye entre Canadá y México, reflejando el papel dominante de la economía norteamericana como destino final de la relocalización productiva.

Asimismo, la definición sectorial del nearshoring se ha ampliado de manera significativa. Si en una primera etapa predominaban parques industriales, transporte y logística, hoy incorporamos industrias habilitadoras como ciberseguridad, defensa, manufactura de semiconductores, centros de datos, robótica, aeronáutica y aeropuertos. Este enfoque permite identificar compañías con alto potencial de crecimiento derivado de la reconfiguración industrial de la región.

¿Persistirá la volatilidad política antes, durante y después de la revisión del T-MEC? Sin duda.

¿Veremos correcciones de mercado que abran oportunidades adicionales de inversión? Es altamente probable. Pero de ahí a pensar que la tendencia estructural del nearshoring se revertirá existe una distancia considerable.

Los datos respaldan esta visión. En 2025, la inversión extranjera directa en México alcanzó un récord cercano a 41,000 millones de dólares, 14% por encima de 2024, consolidando al país como el principal socio comercial de Estados Unidos tanto en exportaciones como en importaciones. Al mismo tiempo, el tipo de cambio se ha mantenido fortalecido en niveles cercanos a 17.60 pesos por dólar, aun en un entorno de elevada percepción de riesgo.

Todo ello sugiere una conclusión simple: el ruido político genera volatilidad; la lógica industrial genera valor.

Frente a la revisión del T-MEC y los episodios de tensión que inevitablemente vendrán, conviene mantener una postura analítica y una mirada de largo plazo. Más que anticipar titulares, vale la pena observar dónde se están construyendo fábricas, hacia dónde fluyen los capitales y qué cadenas de suministro se están redibujando.

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