Por Raquel Aguirre, Co-Fundadora y Directora Operativa de La Cana

En México, hablar de reinserción social sin hablar de educación es quedarse en el discurso. Y cuando se trata de mujeres privadas de la libertad, la situación es aún más crítica. Si bien representan sólo el 5% de la población penitenciaria del país (CNDH, 2023), enfrentan rezagos estructurales que el sistema no ha sabido atender. En La Cana, hemos comprobado que, sin acceso a la educación y a un oficio digno, las posibilidades reales de reinserción se reducen a casi cero.

Un punto de partida desigual

La mayoría de las mujeres que llegan a prisión lo hacen con un nivel educativo bajo.  De acuerdo con el Censo Nacional de Sistema Penitenciario Federal y Estatales 2025, el 40.3% de las mujeres y 38.3% de los hombres habían cursado secundaria como máximo nivel educativo. Esto implica rezagos importantes, en casos donde el nivel escolar es menor, puede implicar analfabetismo, donde el porcentaje en mujeres privadas de la libertad, supera el 6%, cifra notablemente superior al promedio nacional, que en 2025 se mantiene en aproximadamente 4.2% (INEA, 2025). Esta desigualdad suele estar vinculada a contextos de pobreza, violencia familiar, y exclusión educativa desde etapas tempranas.

A esta situación se suman factores de género que profundizan la vulnerabilidad: 8 de cada 10 mujeres en prisión pierden contacto con sus familias durante los primeros años de reclusión (EFE, 2025). Además , el 46.9% de ellas se encuentra en prisión sin sentencia, frente al 36.7% de los hombres (CNSIPEF, 2024). Las mujeres en prisión no solo enfrentan el encierro, sino el aislamiento, la falta de redes de apoyo y una mayor dificultad para acceder a mecanismos de defensa y rehabilitación.

Aunque tanto hombres como mujeres en prisión enfrentan retos significativos para acceder a educación, las condiciones son particularmente desfavorables para ellas. De acuerdo con la (CNSIPEF, 2024), los hombres privados de libertad cuentan con una mayor oferta de programas educativos, laborales y recreativos, ya que la mayoría de los recursos y esfuerzos institucionales se concentran en los centros penitenciarios varoniles. Esto no es casual: más del 90% de la población penitenciaria en México son hombres, y el sistema ha sido diseñado históricamente en función de sus necesidades (CNSIPEF, 2024).

Por ejemplo, es común que en los penales varoniles existan escuelas con programas del INEA, aulas fijas, instructores asignados y actividades regulares, mientras que en muchos penales femeniles esas condiciones son irregulares o inexistentes (CNSIPEF, 2024). Además, las actividades para mujeres suelen estar ligadas a roles tradicionales de género —como corte y confección o cocina—, sin suficientes opciones en áreas tecnológicas, digitales o de desarrollo profesional. Esta brecha evidencia no solo una desigualdad de acceso, sino una diferencia en el tipo de formación que se les permite recibir. En consecuencia, las mujeres enfrentan mayores barreras para reinsertarse en condiciones de igualdad al salir de prisión.

Una ley que promete, un sistema que incumple

Aunque la Ley Nacional de Ejecución Penal reconoce el derecho a la educación en la reclusión, la implementación ha sido deficiente. Existen acuerdos con el INEA para impartir educación básica en algunos centros, así como convenios con universidades públicas para ofrecer cursos de educación superior. Sin embargo, su alcance sigue siendo limitado. Por ejemplo, en el Centro Femenil de Reinserción Social de Santa Martha Acatitla, sólo 53 mujeres estaban inscritas en licenciaturas en 2023 a través del programa PESCER de la UACM (Secretaría de Seguridad Ciudadana CDMX, 2023), sin que se haya hecho pública una cifra oficial de mujeres tituladas. Esta baja cobertura evidencia la necesidad urgente de fortalecer la infraestructura educativa al interior de los centros penitenciarios femeniles y de acompañar los procesos formativos como parte integral de una política efectiva de reinserción social.

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2023), menos del 45% de las mujeres en reclusión participa en  actividades educativas o laborales. Aunque el porcentaje supera ligeramente al de los hombres, no refleja una ventaja, sino la gravedad del rezago general. En muchos penales femeniles, las actividades disponibles son escasas, estereotipadas y desvinculadas de un enfoque de reinserción real.

Uno de los grandes retos es la falta de infraestructura y personal capacitado. Las cárceles femeniles son menos numerosas (solo 22 en todo el país), y suelen estar lejos de los núcleos urbanos, lo que complica el acceso de instituciones educativas externas (CNDH, 2023). Además, al ser una población minoritaria, históricamente han sido ignoradas en la planeación y ejecución de políticas penitenciarias.

La respuesta desde sociedad civil: el modelo La Cana

Ante la ineficacia del sistema para garantizar el derecho a la educación, en La Cana decidimos intervenir con un enfoque práctico con perspectiva de género. Desde 2016, hemos desarrollado un modelo de reinserción centrado en tres ejes: capacitación laboral, desarrollo personal e integración comunitaria. Hemos implementado talleres en catorce  centros penitenciarios femeniles en el Estado de México, Querétaro, Zacatecas, Coahuila, Morelos, Guadalajara y en Ciudad de México.

Los talleres que impartimos (desde costura y panadería hasta computación, serigrafía o yoga) responden a necesidades concretas: obtención de un trabajo o autoempleo, lograr la autonomía económica, fortalecer habilidades socioemocionales necesarias para la reinserción social y fomentar relaciones interpersonales sanas. Nuestro objetivo no es solo brindar conocimientos técnicos, sino acompañar procesos personales que preparen a las mujeres privadas y ex privadas de la libertad  para un regreso digno a la vida en libertad.

Resultados medibles, impacto real

Hasta 2023, más de 5,000 mujeres han participado en nuestros programas. Solo en 2024 capacitamos a 892 mujeres en diversos oficios . De ellas, el 66% logró obtener empleo remunerado, el 19% se autoempleó, el 62% de las mujeres que obtuvo un ingreso económico, pudo aportar monetariamente a su familia. Además, 65% reportó reducción de ansiedad y 61% mejoró sus capacidades de regulación emocional.

Estos resultados demuestran que la intervención adecuada, incluso en un contexto tan adverso como el sistema penitenciario, puede tener efectos transformadores. No se trata solo de reducir la reincidencia, sino de reinsertar a las mujeres como ciudadanas activas, independientes y con autonomía sobre sus vidas.

Hacia una política penitenciaria con enfoque de género

Para 2025, en La Cana buscamos escalar nuestro modelo a nuevos estados y consolidar alianzas con gobiernos e instituciones educativas. Apostamos por un enfoque integral que deje de depender exclusivamente de la voluntad de la sociedad civil. Las mujeres en prisión no deben ser víctimas de la improvisación ni del olvido institucional.

Estamos seguras de que es necesario desarrollar una política penitenciaria en donde se ponga el desarrollo de las personas en el centro,  que entienda que aprender dentro de prisión no es un privilegio, sino un derecho. Y que asuma que la verdadera reinserción no ocurre al salir, sino que empieza desde adentro.

 

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